Reflexiones semanales
24 de noviembre 2019

Jesucristo Rey, rechazado y resucitado

Cristo Rey

Este domingo es un día solemne, solemnidad de Cristo Rey. Con esta fiesta damos por concluido un año litúrgico y la Iglesia nos invita a contemplar a Nuestro Salvador y Redentor, a Cristo, que está en el horizonte de nuestras esperanzas y vidas. Pero ya podemos concluir, después de todo un año de vida litúrgica, que, junto a los maravillosos momentos de su presencia en medio de nosotros, de sus palabras llenas de gracia, después de haber visto cómo los contemporáneos le seguían y admiraban, ha habido también momentos de persecución, de sufrimiento y lágrimas. Algunos se opusieron a él fuertemente y con odio, fue el caso de muchos fariseos, sacerdotes y escribas de Israel, que constituyen los estamentos más importantes. Otros, en un principio, le siguieron, pero le abandonaron cuando vieron que los que detentaban el poder se oponían a él. Los hubo que le siguieron en momentos difíciles, pero que también le abandonaron en el momento de la pasión y crucifixión. Sí, Jesús también fue un Dios rechazado por los suyos. Esto ya lo recordaba san Juan en el prólogo de su Evangelio: “Jesús es la luz, pero las tinieblas no la recibieron” (1, 4). Más claramente aún, dice: “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” (1, 11). Este fue el pecado de su pueblo, que, en vez de acoger la luz, intentó sofocarla.

No calló el Señor esta conducta de la gente que no terminó de fiarse de Él, de los que le rechazaron sin piedad: “Si tenéis un árbol bueno, su fruto será bueno. Si tenéis un árbol malo, su fruto será malo, porque el árbol se conoce por su fruto. Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas, si sois malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12, 33-34).

Desgraciadamente aún se sigue persiguiendo a Jesús, pero afortunadamente todavía existen personas que desempeñan seria y honestamente su actividad de curarle las heridas a los empobrecidos de este mundo, no aspiran a cosas demasiado elevadas, sino que se pliegan con fidelidad cotidiana en las humildes. La mentalidad de este mundo favorece las rivalidades, abusos, frustraciones y violencias de todo tipo. Por el contrario, los hijos de Dios, los que tenemos a Cristo por Rey estamos llamados a crecer en la caridad, en el perdón, en la misericordia, en la modestia y en la humildad. Los ciudadanos del Reino de Dios saben cuál es el estilo, el de nuestro Rey y Señor, tal como lo expresa san Pablo: “Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas” (1 Tes 2, 7-8).

La predicación de Jesús sigue sirviendo a la fe, para que, creyendo, se alcance la salvación. Lo proclama el mismo Juan desde el prólogo de su Evangelio: “A cuantos lo recibieron (al Verbo) dióles poder de venir a ser hijos de Dios: A aquellos que creen en su nombre” (Jn 1, 12).

Feliz domingo.

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