Reflexiones semanales
15 de octubre 2017

Invitados a la mesa del Señor

XXIX domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelio de esta semana se basa en una parábola muy sencilla de entender. Dios ha preparado una fiesta y los invitados se han ido excusando para no ir. ¿Qué le ha pasado a esta gente para rechazar la fiesta? Sencillamente, que los invitados han cerrado las puertas al proyecto apasionante que les ofrecía Dios mismo, así que el Señor decide abrir el horizonte, abrir más su corazón e invitar a todo el mundo, comenzando por todos los que se encuentran de camino. Ahora somos nosotros los invitados a participar del banquete, pero es evidente que debemos tomar la decisión para ir a esa fiesta, aceptando las condiciones antes de participar; por eso, no es extraño que en la parábola se resalte que se fijaran inmediatamente en el que no estaba en condiciones para estar allí, porque no llevaba el traje apropiado. El contexto de la enseñanza de Jesús se refiere al que no está en sintonía con Dios, al que vive en otra realidad y bastante alejado de la caridad y de un amor sincero y puro; se refiere al que no hace la voluntad de Dios, no vive una fe firme, sincera y decidida. La persona que está tan alejada de los sentimientos del corazón de Dios se nota inmediatamente, esa persona no lleva los vestidos apropiados para estar en esa fiesta. Otra cosa que sobresale especialmente en la parábola es la generosidad de Dios que ha abierto las posibilidades para que participemos de su mesa, porque a Dios no le importa abajarse a nuestra condición e invitarnos a su fiesta.

Un tema clave para entrar de lleno en el sentido más hondo de la parábola es saber que de lo que está hablando Jesús es de la Historia de la Salvación. Jesús nos dice que es Dios el que invita a esta boda y que el primer invitado fue su pueblo, Israel, pero ya sabemos cómo este pueblo declinó la invitación, porque se fue apartando del Altísimo y cuando llegó el Hijo de Dios no lo recibieron. Ya vimos esto en las lecturas del domingo pasado en la parábola de los viñadores homicidas. Por esta razón, porque Dios tenía preparada ya una Historia de Salvación, abrió las puertas a todo el mundo, “a todos los que encontréis”. A nadie se le ha prohibido acercarse a su llamada universal, pero tiene una condición, que el que decida acudir tendrá que ir vestido de fiesta, llevar por delante las obras de caridad. Téngase en cuenta que en esos pueblos era una costumbre habitual que el anfitrión proporcionara el traje de fiesta a los invitados, por esta razón, el invitado sorprendido pudo haberlo rechazado o entró ya mal al banquete.

Otra vez más, sale Dios a nuestro encuentro y nos ofrece toda la confianza para decirle, “sí”, como la Santísima Virgen María. Nuestro modelo es Jesús y en Él vemos cómo Dios ama; cómo se entrega sin límites a lo largo y a lo ancho de toda su vida humana despertando en nosotros el anhelo de participar en la “caridad del Buen Pastor”, cuyo ejemplo de amor y servicio llega a todos los hombres. Jesús es el Buen Pastor que nos conoce y nos llama por nuestro nombre a una comunión inigualable con Él; que da su propia vida por las ovejas, que nos expresa su insaciable sed de que a todos llegue el conocimiento de la Verdad y de la predilección de su amor.

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