Reflexiones semanales
3 de noviembre 2019

Hoy la salvación ha llegado a esta casa

domingo del Tiempo Ordinario

La Palabra de Dios nos abre las puertas de la consolación. Ya veréis cómo se calma y serena el espíritu, si la escucháis con atención. Lo primero que oiréis es que Dios se compadece de nosotros, porque ama a todos los seres. La misericordia de Dios es la anfitriona, es la que abre las puertas y nos muestra el gran corazón de Dios, es la que nos dice que nos podemos fiar de Él. Veréis como Dios no nos engaña, todo lo contrario, nos ayuda a descubrir la verdad sobre nosotros mismos para que nos convirtamos de corazón.

En el Evangelio se nos pone un ejemplo concreto que demuestra que Jesús ha venido para salvar a los pecadores, no para condenarlos. Hablamos de Zaqueo. Jesús le ve y lo interpela: "Zaqueo, baja de allí. Es necesario que me hospede en tu casa". Zaqueo bajó pronto y recibió a Jesús con alegría. Es posible que hasta nos den ganas de llorar al ver el espectáculo más grande de la historia, la mirada de compasión y misericordia de Jesús, que invita a comenzar de nuevo, que perdona y no acusa; su mirada rehabilita y reconcilia. La novedad más grande de este encuentro son estas palabras: “Hoy la salvación ha llegado a esta casa”.

Pero la historia continúa. No es una novedad de este texto, es su costumbre, se lo dice a todo el mundo: “Vete en paz”. El pecador oye con claridad estas palabras de Jesús cuando le perdona, cosa nada extraña, porque es la llamada a la paz, lo encontramos a lo largo de todo el Evangelio. Jesús desea que vivamos siempre en paz con Dios, con nuestros semejantes, con nosotros mismos. Jesús supo llegar siempre al límite a la hora de hacer la voluntad del Padre, todo por amor, por Dios y por nosotros: amando profundamente a los que salen a su encuentro, su predicación fue seductora y atraía a la gente, porque en su palabra nunca te topas con el "no" de la ruptura, sino con el "sí" de la reconciliación.

 Este y otros ejemplos que narran los evangelios –donde aparece con claridad el amor de Dios, que va más allá de la falta cometida– nos hacen comprender, de nuevo, cuán grande es el corazón de Dios que sabe perdonar de verdad, que realiza lo que la simple justicia es incapaz de hacer, lo que la lucidez personal es impotente para lograr: devolvernos la dignidad. ¡Cuántas gracias hay que dar a Dios por este enorme regalo! La conclusión que podemos sacar, después de oír estos ejemplos de perdón y misericordia divina, es que la última palabra sobre la vida de cada pecador no está en el mal que hizo, sino en el amor de Dios por cada uno de nosotros. Para escapar del pecado no tenemos más camino que reconocernos amados, reconocer la mirada de Dios sobre nosotros; no un guiño de complicidad a nuestra mediocridad, sino la mirada profunda dirigida hacia nuestro adormecido e inconstante corazón, para invitarle a una sincera conversión. En el caso de Zaqueo aprendemos que bastó con abrirle la puerta de su casa a Jesús.

Cristo nos ha enseñado a perdonar. El perdón es indispensable también para que Dios pueda plantear a la conciencia humana los interrogantes sobre los que espera respuesta en toda la verdad interior, una conversión sincera, un cambio de ruta. La conversión es el presupuesto que concede al pecador la esperanza de ser perdonado.

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