Reflexiones semanales
4 de diciembre 2016

En esperanza fuimos salvados

IV domingo de Adviento

La voz de Juan Bautista en el desierto sigue resonando con fuerza en nuestro mundo, seco de valores, indiferente ante Dios, consumista, hedonista, herido por las guerras, las brutales violencias y persecuciones que soporta, y sin otra esperanza de salida que el desencanto de su crisis. En su día, el Papa Benedicto XVI, puso nombre a este fenómeno, que no ha pasado del todo y sigue machacando a este loco mundo. El Papa decía que “la desorientación en la que han caído muchos, el empeño de buscar soluciones fuera de Dios a lo largo de la historia, es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana”. A esto se le llama claramente una crisis de esperanza. Algo tenemos que hacer, más cuando somos cristianos y hemos escuchado decir al apóstol San Pablo en la carta a los Romanos, que “en esperanza fuimos salvados” (Rom. 8, 24).

La Palabra de Dios de este segundo domingo de Adviento nos anima a ser continuadores de la tarea profética de Juan el Bautista, como profetas de la salvación de Dios, profetas de la alegría, testigos de la verdad, anunciadores de esperanza, signos de paz, aunque se nos rechace. Está claro que este mundo necesita testigos de esperanza, para lo cual, el Papa Benedicto XVI, en su Carta Encíclica sobre la Esperanza nos anima a ser misioneros de la esperanza: “Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. Nuestra meta es Dios, conocer a Dios, sentirlo cercano y darlo a conocer.

Acabamos de escuchar el Evangelio donde ya entonces, Juan el Bautista, gritaba a sus oyentes: ¡Preparad el camino al Señor! Anuncia una sincera y verdadera conversión interior al Señor, como solución a la difícil situación en la que vivían sus contemporáneos. La Iglesia, experta en humanidad, impulsada por la acción del Espíritu Santo, sigue levantando la voz para que la escuchen todos y, como San Juan Bautista, predica en el desierto desenmascarando lo vano, lo superficial, lo que le lleva a la muerte. Anuncia la esperanza, el Reino de Dios, la defensa de la vida, el valor de la familia y sus derechos de elegir la educación más adecuada a los hijos; anuncia el amor, como estilo, la justicia divina, la verdad, defiende la dignidad del hombre y muchas veces se queda sola y perseguida.

Hay que seguir adelante, que Dios no está lejano, que no es “algo”, sino ALGUIEN, “en medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Dios está cerca, está en medio de vosotros, hasta el fin del mundo y se solidariza con el hombre. Ofender a la persona es ofender a Dios. Mira la distancia que hay entre tu compañero de trabajo, de escuela, esposo o esposa, hijo, o tú mismo enemigo de ti y ésa es la distancia que tienes con Dios. El posadero de Belén creía que le cerraba la puerta a hombres y ¡se la cerró a Dios que estaba necesitado!

Piensa ahora y responde: ¿Qué vas a hacer? Los laicos estáis llamados por Dios para transformar el mundo desde dentro, a modo de fermento, siendo presencia y acción de la Iglesia en el mundo, en la sociedad, en las estructuras e instituciones. Si vosotros que estáis dentro de esta realidad no anunciáis que Dios está presente, ¿quién lo hará?

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