Reflexiones semanales
28 de octubre 2018

El Señor ha salvado a su pueblo

XXX domingo del Tiempo Ordinario

Esta semana se nos invita a descubrir que tenemos razones para la alegría y el gozo, porque en las lecturas se recoge la cercanía de Dios con su pueblo, un pueblo al que le ha hecho muchas promesas y que las ha cumplido todas. Lo que canta la Liturgia es precisamente esta grandeza del Señor resaltando el estado de ánimo de los que reconocen que la Palabra de Dios está cumplida: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Jeremías se encarga de hacernos ver esto con detalle, apoyado en la historia de su pueblo y no se cansa de animar con himnos de alabanza para que todo el mundo conozca la obra de la salvación que ha realizado Dios. El Altísimo ha intervenido eficazmente porque eran muchas las súplicas de su gente, ha estado cercano a los gritos de Israel que padecía la dispersión en tierra extranjera y derramaba lágrimas de dolor, hasta que el Señor les ha vuelto a reunir. Les ha rescatado por pura misericordia, les ha perdonado de todas sus culpas y los ha purificado de sus pecados.

La Palabra de Dios se vuelve a cumplir: “El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel”. El Señor lo ha vuelto a hacer y ha repetido los prodigios que hizo antiguamente, ha vuelto a liberar a los suyos de las asperezas del camino y de la fatiga y los ha rodeado de ternura y de consuelo, a pesar de sus muchas flaquezas. Es cierto que no han venido como triunfadores, no venían como victoriosos, pero han regresado como salvados, cercanos al corazón de Dios. También en esta ocasión les dispensa el Señor lo necesario para comer y beber, atiende sus necesidades primarias y les traza un camino: el de la fe, la confianza en Dios. Han aprendido de nuevo, que junto a Dios todo es gracia.

Después de estos acontecimientos que nos llenan de esperanza, conviene detenerse en el texto del Evangelio de San Marcos, centrado en la figura de Jesucristo y cómo actúa ante los gritos de un ciego en el camino. Este hombre sí que es un anawin, un pobre de solemnidad, un ciego que tiene que mendigar y arrastrarse por aquellos caminos para pedir limosna a todos los que pasaran. ¡Cuántas personas viven hoy también en los cruces de los caminos solicitando ayuda! ¡Cuántos gritos se lanzan al viento sin que los viandantes reparen en ellos! El Papa Francisco es un profeta y heraldo de la misericordia de Dios, que saca su altavoz cada semana y en muchísimas ocasiones del mes y del año, para llamar nuestra atención y hacernos tomar conciencia de los hermanos pobres y necesitados, para que imitemos el ejemplo de Jesucristo.

El ejemplo más vivo está en Cristo, que sí oyó los gritos del ciego Bartimeo, a pesar de los que pretendían callarlo. Jesús fue compasivo y misericordioso. Él se detuvo para atenderle. Pero reparemos en lo que dice el evangelista que hizo el ciego: se despojó del manto y saltó con energía para llegar a donde estaba Jesús. A esto se le llama confianza, a esto se le llama fe. Pues este hombre se encuentra delante del que tiene poder con su sola Palabra, delante del que tiene poder para curarle sus heridas y enfermedades, delante del que le va a fortalecer la fe con una adhesión incondicional. Dios les conceda oír los gritos de los que están al borde del camino.

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