Reflexiones semanales
13 de mayo 2018

El Señor ascendió a lo más alto del cielo

VII domingo de Pascua

Este domingo celebramos la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, cuando cuarenta días después de la Resurrección fue elevado al cielo en presencia de los discípulos, sentándose a la derecha del Padre, hasta que venga en su gloria a juzgar a vivos y a muertos. Lo más grande de la fe es que nos asegura la certeza de saber que Dios permanece con nosotros, porque es fiel. A esto mismo nos urge San Agustín cuando dice: “Nuestro Señor Jesucristo ascendió al cielo tal día como hoy; que nuestro corazón ascienda también con Él (…). No se alejó del cielo, cuando descendió hasta nosotros; ni de nosotros, cuando regresó hasta el cielo”. No temáis, no estamos solos: Jesucristo nos prometió el Espíritu Santo a todos los que crean en Él (Jn 7,39; 20,22; Ac 2,33). En los santos evangelios estamos leyendo en estos días la promesa de Dios de que no nos quedaremos solos, de que el amor del Padre abarca toda nuestra realidad y nos cuida hasta en los mínimos detalles y Jesús mismo nos dice que si permanecemos con Él, Él permanecerá con nosotros. Los evangelistas nos hablan en este tono. San Juan nos dice que Cristo mismo enviará al Espíritu para que permanezca en los discípulos y así den testimonio (Jn 14,16-17); San Lucas sitúa el don del Espíritu en la perspectiva de la Historia de la Salvación (Lc 24,49); en los Hechos de los Apóstoles Jesús comunica el Espíritu Santo para el testimonio (Ac 1,8); y la promesa se hace realidad a partir de la Resurrección.

San Pablo, en la carta a los Gálatas, invita a los creyentes a seguir bajo la acción del Espíritu para verse libres de las apetencias de la carne, de la ley y vivir con los criterios de Dios (Gal 5, 16.18.25). Pablo tiene muy claro que antes de ser prisionero de sus enemigos, lo es del Espíritu, prefiriendo serle dócil aunque tenga que perder su libertad de acción. Ni la pérdida de libertad, ni el sacrificio de la propia vida es comparable con la fidelidad a los planes de Dios. En las epístolas se nos permite penetrar más hondamente en el alma del apóstol. La unidad de Pablo con Cristo es más fuerte que el aprecio a la propia vida, por eso reacciona así ante el hecho posible de la muerte y puede llegar a decir que no soy yo, sino que es Cristo quién vive en mí (Gal 2,19-20). En el pensamiento de Pablo el vivir o el morir no importa, lo que importa es la gloria de Cristo. Para esta reacción le ha preparado el Espíritu de Jesús.

Al igual que los discípulos y testigos del Señor, nosotros somos herederos de esta promesa que se cumple, por eso, nuestro ánimo tiene que estar centrado en la misión, en ser un verdadero apóstol de Jesús, confiando en el Espíritu Santo. Los creyentes debemos experimentar en nuestro ser que Cristo está vivo y operante. Sí, que su presencia viva, operante y salvífica continúa en la Iglesia siempre. La Ascensión no está marcándonos un final, las puertas cerradas a la vida, sino todo lo contrario, las ha dejado el Señor abiertas y muestran un nuevo inicio con una comunión mucho más profunda con el Señor, una comunión que será plena al final de los tiempos.

¡Venga! Mira a lo alto, eleva tu corazón y dirige tus ojos al cielo, donde está Cristo a la derecha del Padre. Nuestro corazón está más ligado que nunca al Señor. Ahora, a hacer las cosas como Jesús, hasta dar la vida por amor.

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