Reflexiones semanales
17 de septiembre 2023

El perdón y la misericordia son fruto del amor

XXV domingo del Tiempo Ordinario

Después de escuchar la primera lectura de la Palabra de Dios no podremos descansar sin hacer un examen de conciencia para ver cómo responde nuestro corazón a la práctica del perdón, que es esencial en la vida cristiana. Pero atendamos detenidamente a las palabras del Señor en el Evangelio y cómo desciende al mínimo detalle para responder a la vida ordinaria. Está claro, la autenticidad del amor al hermano se demuestra en saber perdonar y esto no pasará desapercibido para Dios, porque nos pedirá cuentas sobre cómo es el perdón, la misericordia y la comprensión que practicamos. El texto describe en pocas palabras hasta dónde es capaz de llegar el corazón humano: ¡hasta no saber perdonar! Cuando lees este hecho te sorprende la dureza del corazón humano, del corazón vengativo, que no sabe abrirse a la misericordia. Lo que nos pone en alerta es lo que dice el libro del Eclesiástico: «Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas».

Prestemos atención al tema, porque es muy importante para nuestra vida. Si alguien quiere saber qué piensa el Señor de este comportamiento, que preste atención, que sus palabras son muy claras. Con el Padrenuestro nos ayuda Jesús a entender que nuestro camino es el perdón y la misericordia. Jesús desciende a lo concreto: saber perdonar teniendo misericordia de los que nos ofenden. ¿Os habéis preguntado alguna vez lo que significa tener misericordia? Pues nos lo explica san Agustín con estas palabras: «La misericordia nace del corazón y se apiada de la miseria ajena, corporal o espiritual, de tal manera que le duele y entristece como si fuera propia, llevando a poner –si es posible– los remedios oportunos para intentar sanarla» (cf. San Agustín, La ciudad de Dios, 9). La misericordia se derrama sobre los otros y toma los defectos y las miserias ajenos como propios e intenta librarles de ellos. Por esto, dice la Sagrada Escritura que «Dios es rico en misericordia» (Ef. 2,4); «y es más glorioso para Él sacar bien del mal que crear algo nuevo de la nada; es más grande convertir a un pecador dándole la vida de la gracia, que crear de la nada todo el universo físico, el cielo y la tierra» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 1-2, Q. 113, A. 9). Desde luego, que nadie dude que este es el camino.

En la mente de Dios no está eso que mucha gente piensa, aquello de que quien perdona es un débil, y que los débiles no tienen cabida en un país de fuertes. Por lo que escuchamos de la Palabra de Dios hay que nadar contracorriente y hay que perdonar hasta setenta veces siete, aunque la gente no lo haga. «Hay que amar hasta que nos duela», como decía santa Teresa de Calcuta. Esto es lo que practica Jesús, Él nos ha enseñado a poner la otra mejilla, a ser lentos a la ira y ricos en clemencia, nos perdona siempre todas nuestras culpas y cura todas nuestras enfermedades… Hay que decidirse a seguir sus pasos, porque el verdadero modelo de todo perdón y misericordia es Nuestro Señor, que nos pide perdonar siempre, siempre, y nos ha demostrado que esto es posible, para llegar a las puertas de la Vida: «Cristo se ha hecho para nosotros camino, y ¿podremos así perder la esperanza de llegar? Este camino no puede tener fin, no se puede cortar, no lo pueden corroer la lluvia ni los diluvios, ni puede ser asaltado por los ladrones. Camina seguro en Cristo, camina; no tropieces, no caigas, no mires atrás, no te detengas en el camino, no te apartes de él. Con tal que cuides de esto, habrás llegado» (San Agustín, Sermón 170, 11).

Confiemos en la gracia y protección de la Virgen María, que en ella encontraremos todas las gracias para vencer en las tentaciones.

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