Reflexiones semanales
2 de octubre 2022

El justo por su fe vivirá

XXVII domingo del Tiempo Ordinario

El tema central de la Palabra de esta semana es la importancia de tener fe. Todas las lecturas de este domingo nos llevan a pedir a Dios que nos aumente la fe, porque las condiciones de este mundo pueden arrastrarnos al olvido de Dios y este es el mayor problema que podríamos tener. Mantener viva la fe ha sido el objetivo esencial de todos los tiempos, la confianza en Dios ha sido el motor que ha animado a todo creyente desde el comienzo de la humanidad, tal como nos lo muestra la Sagrada Escritura, desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, y tal como nos enseña la historia de la Iglesia con la palabra y con el testimonio de tantos testigos. San Pablo nos pide que nos mantengamos firmes en la fe, en la adhesión al que nos ha dado la vida y ha creado el cielo y la tierra, porque esta confianza es, «ante todo, una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado», tal como leemos en el Catecismo de la Iglesia.

La fe es fiarse, confiar absolutamente en Dios, dejarse llevar de Aquel que sabes que te ama y mantenerte en la intimidad personal con el Señor y así lo enseña san Pablo: «Sé en quien he puesto mi confianza» (2 Tm 1, 12). Hagamos el esfuerzo de alejarnos un rato de las preocupaciones diarias y prestar oído a Nuestro Señor, un tiempo de silencio para la confianza, para escuchar a Dios y para la ofrenda de la vida al que nos la ha regalado. Creer en Dios es creer en el que Él ha enviado, en su «Hijo amado», en quien puso toda su complacencia (cf. Mc 1,11) y es a quien hay que escuchar (Mc 9,7). Nuestra certeza es Cristo, Camino, Verdad y Vida, el único Salvador. Si logramos esta entrega total, si nos dejamos llevar de la gracia y nos ponemos en sus manos con la misma convicción, tan profunda, que nos han enseñado los santos de todos los tiempos –también «los santos de la puerta de al lado», como nos dice el Papa Francisco–, nuestra fe moverá montañas, porque la confianza en Dios no defrauda y llegaremos a la experiencia que nos dice el salmista: «Cuando te invoqué me escuchaste, Señor» (Sal 137).

Esta fue la primera predicación del Señor a sus seguidores, la firmeza de la fe y su cercanía incondicional al Padre, esto comenzó a estimular de una manera especial a los discípulos. Su testimonio fue la primera palabra que percibieron los que le seguían, junto a su estilo, su fuerza radical y su confianza, ayudaron a los seguidores a llegar al compromiso creyente. Todo el que se acercaba a Jesús, sentía su fiel lealtad en los momentos de aparente silencio y ausencia, su firme aprecio de la tradición judía y, finalmente, la fecunda creatividad de su fe sanante y liberadora.

Como cristianos tenemos que estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra fe, sabiendo que «la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más», nos dice el Papa Francisco. No olvidemos que la fe es un regalo de Dios, es una gracia que debemos conservar y proteger.

Que Dios os bendiga.

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