Reflexiones semanales
15 de septiembre 2019

El abrazo de Dios

XXIV domingo del Tiempo Ordinario

En las lecturas de este domingo hay palabras que, a primera vista, parecen poco coherentes; que se hable de pecados y miserias y, a la vez, de alegría, misericordia y perdón, no parece que tenga mucho sentido desde el punto de vista humano, pero está claro que esto es cosa de Dios y como cosa de Dios necesita que nos detengamos para escuchar y dar respuestas. El Papa Francisco nos pone en pista cuando habla de la misericordia, porque ésta contempla a la persona en todas sus manifestaciones de vida y la luz de la misericordia le ayuda a agradecer el don del amor filial que nos regala Dios con naturalidad, por eso en la bula “Misericordiae vultus”, n. 9, dice el Sumo Pontífice, que «la misericordia no es sólo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos». La valoración de la misma y los frutos que genera en la convivencia humana son tantos, que se puede decir con Su Santidad Francisco: «ella es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia». Con razón la define como «la llave del cielo» (“Evangelii gaudium”, 197) y también como: «el corazón palpitante del Evangelio». Por eso, al que es misericordioso, Dios lo identifica como hijo. Demos gracias a Dios siempre por este inmenso don de su misericordia, que le lleva a perdonar nuestros pecados y no dejemos de darle gracias, porque nos lo ha concedido para cuando le miremos y actuemos nosotros también con misericordia, ésta es una manera excelente de alcanzar la santidad, dice el Papa en su Exhortación Apostólica, “Gaudete et exultate”, 82. La misericordia es el termómetro que nos mostrará hasta dónde es verdadera nuestra palabra y nuestra vida, si el amor, la ternura y la compasión que decimos profesar se parece a la de Dios o no.

En la Palabra podemos observar que la misericordia de Dios es de brazos abiertos, de puertas abiertas para que podamos pasar sin dificultad a donde nos espera el abrazo del Padre. Así lo dice el Papa Francisco: «la identidad cristiana es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria». En el Evangelio de este domingo pone Jesús tres parábolas, varios casos de misericordia, y nos ilumina para comprender cómo Dios perdona. Notemos que se pide una condición y ésta es: decidirse, ponerse en marcha, y en las parábolas que pone el Señor se cumple: «me levantaré e iré a donde está mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti» (Lc 15, 18). Con una sola palabra basta para ponerse en camino de conversión, una decidida voluntad de cambiar de ruta, de ser conscientes de lo que implica acceder a Él. Esta actitud contundente, pero sencilla, es necesaria para acercarse al santuario de misericordia (Heb 4,16). Tener en cuenta que lograr esto sólo es posible a través de la puerta de la humildad y de la sinceridad. Un cristiano tiene que tener claro que «Dios perdona no con un decreto, sino con una caricia», decía el Papa. Esto es lo que escucharemos en el texto del Evangelio, el abrazo de Dios. La lección está clara: hay que ir a Él con sencillez de corazón, con humildad, con la verdad de la que partió el hijo pródigo, si queremos ser recibidos con las puertas abiertas, sabiendo que Dios sigue esperando todos los días para mostrarnos con un abrazo su ternura y su perdón.

Que Dios os bendiga.

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