Reflexiones semanales
11 de octubre 2020

Dios nos invita a la fiesta de su presencia

XXVIII domingo del Tiempo Ordinario

En la proclamación de la Palabra del pasado domingo pudimos ver cómo de grande es el corazón de Dios cuando escuchamos que preparó una viña con exquisito cuidado y con todas las condiciones necesarias para que diera frutos abundantes. Lo más grande es que lo dejó todo en nuestras manos, ¡menuda responsabilidad nos pide! En este domingo va Dios un poco más allá, porque le vemos preparando un banquete de fiesta y tiene la intención de invitarnos a todos, a cada uno de los bautizados, para compartir la mesa. Esto es admirable, pero es más desconcertante cuando se vuelve a repetir la historia de rechazar a Dios, los invitados de la parábola se fueron excusando para no asistir; pero ¿qué le pasa a la humanidad que rechaza a Dios con tanta frialdad? La única explicación es que tiene apagadas las luces de la fe, no ve, no siente necesidad de Dios, está lejos de su voz y no le oye…

Jesucristo conoce perfectamente a los que le rodean y cuáles son sus intereses y sentimientos, por eso los está catequizando con estos discursos para llegar a lo hondo de sus corazones y que vuelvan a asimilar que la voluntad del Padre es que todos lleguen al conocimiento de la verdad y se salven. Ya sabe Jesús de la lejanía y cerrazón de corazón que tiene esta gente, pero insiste; Jesús es el Buen Pastor que nos conoce y nos llama por nuestro nombre a una comunión inigualable con Él; que da su propia vida por las ovejas, que siente la urgente necesidad de que todos vuelvan el rostro hacia la bondad de Dios.

La parábola nos está diciendo que Dios no se cansa, que vuelve con insistencia a acercarse a nosotros para ofrecernos la misma invitación sin perder los derechos de los hijos a pesar de los rechazos y, aquí viene lo sorprendente, que a pesar de los desprecios que le hacemos, su corazón le lleva a abrir más las puertas para que entren todos, comenzando por los que se encuentran de camino. El evangelista repara en uno que se coló sin ir vestido de fiesta, pero se aclara la situación, comunicando que Jesús está avisando de la necesidad de entrar con el vestido de la caridad y que aún hay tiempo para revestirse de amor, que es el signo que identifica a los que están en su misma mesa. La caridad es el vestido de fiesta y si no lo llevas llamas mucho la atención, por eso nos avisa el Señor desde ahora, porque al final de los tiempos se separará a unos de otros y se les dirá a unos: «venid, benditos de mi Padre…». Los otros no podrán pasar, porque no llevan el vestido de fiesta.

El Santo Padre nos está llamando a la unidad y a la fraternidad en su nueva encíclica, pero esto no es un invento moderno, los cristianos han descubierto desde el principio que vivir en la Iglesia es vivir la unidad y que esto es esencial, sabían que entre todos los grupos e Iglesias locales constituían un solo cuerpo, con una relación de comunión real y que todos formaban la Iglesia universal. Todos estamos invitados a la mesa del Señor, a la Eucaristía donde se vive intensamente la comunión. En la Eucaristía se vive la alegría, porque experimentamos la presencia de Cristo en medio de nosotros y la salvación que nos regala. El creyente que se sabe salvado o en camino de salvación, traduce toda su vida en alegría. ¿Ya has recibido la invitación de parte del Señor para sentarte a su mesa?

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