Reflexiones semanales
19 de marzo 2017

Cristo es la fuente del agua viva

III domingo de Cuaresma

La primera lectura de este domingo, tercero de Cuaresma, pone de relieve la frágil condición humana en un texto del libro del Éxodo, donde se narra la salida de Israel de la esclavitud de Egipto, un pueblo que había olvidado vivir en libertad. Cansado de tanto caminar, este pueblo da una imagen lamentable con protestas y murmuraciones; desconfían de Dios y dudan de que Moisés sea el hombre enviado por Dios para salvarlos y le lanzaban insultos diciendo que los había sacado para que murieran de hambre, que el Señor no estaba con ellos… Vamos, todo un record de desconfianzas. El pobre Moisés tuvo que acudir a Dios, invoca su ayuda y le dice: ¿Señor, qué puedo hacer yo ahora? Y por su obediencia encontró pronto la respuesta, Dios les dio el agua que necesitaban. Pero, tomemos nota de la falta de fe de este pueblo, cuyas consecuencias afectaron mucho a Moisés.

El Evangelio abre para todos un horizonte de gracia y da solución al trauma que nos deja la vieja condición humana. Ahí está Jesús, en el centro del relato del evangelio de San Juan. La iniciativa parte del Señor, que le pide de beber a una mujer samaritana que se acercó al pozo, pero la respuesta de ella no se deja esperar y no se le ocurre otra cosa que sacarle todos los temas que le marcan las distancias: eres judío y tu pueblo y el mío no se hablan; no tienes cubo y el pozo es muy hondo... A esa amarga actitud de la samaritana, le responde el Señor con serenidad: “Si conocieras el don de Dios”. No estaría nada mal que cada uno se aplicara el mensaje, que se abriese a la experiencia de la fe, porque es la mejor forma de recuperar el optimismo de la propia vida cristiana y el gozo de saber que tienes una existencia con sentido. Es lo que ha hecho Jesús con esta mujer, estaba perdida, lejos de la voluntad de Dios y sin pensamiento de acercarse a Él, pero el encuentro con Jesús fue determinante. El Señor no rechazó a esta mujer samaritana, después de sus impertinencias, no le cerró la puerta de la comunicación ante la incredulidad, ni ante las dificultades que le puso; no le acusó directamente por innumerables pecados, sino que, con la paciencia divina, le va conduciendo a un proceso de maduración en el que la mujer samaritana pasa de una visión superficial y tópica de Jesús, a su verdadera identidad. Podemos detenernos a admirar este bello proceso: de rechazarle por ser judío y enemigo de su pueblo, a definirlo como señor y rabí; a continuación da un paso más y tímidamente ya le confiesa como alguien a tener en cuenta: “Señor, veo que tú eres un profeta” y es que el hecho de haberle relatado Jesús todo lo que había hecho durante su vida le favoreció para derrumbar todas sus dudas y fue entonces cuando la mujer abrió su alma a la esperanza y le confesó que sabía que vendría un Mesías. “Ese que esperas, soy yo”, le dice el Señor. Al poco la vemos como creyente y dando testimonio de Jesús. No está desencaminado el que aprendiéramos a madurar nuestra conversión de la mano de la Iglesia, hasta llegar a confesar a Jesús, según el modelo de la samaritana. La pedagogía y los signos que nos da Dios, la Palabra de Jesús, el testimonio y el estar apoyados en la esperanza serán los medios más efectivos para aceptar a Cristo como el salvador del mundo y para dar razón de Él.

La Palabra de esta semana nos ayuda a entender cómo actúa la gracia en el corazón del oyente, pero esa gracia hay que implorarla e impetrarla con confianza, aunque la regala el Señor.

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