Reflexiones semanales
1 de mayo 2022

Comunidad sinodal

III domingo de Pascua

La Palabra de Dios en esta semana es para darnos cuenta de que estamos en las manos de Dios, porque, después de tantos acontecimientos y tantas pruebas, tenemos más razones para seguir a Jesús. La respuesta de Pedro, en la primera lectura, es impresionante: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Esta profesión de fe no ha salido porque buscó palabras bonitas, sino porque ha tenido experiencia de la fuerza del poder de Dios; no las ha dicho porque las aprendió del salmo (Sal 118, 8), «mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres», sino porque la victoria de Dios sobre la muerte ha sido la prueba más grande de su misericordia y de su amor, no hay seguridad más grande que ponerse en sus manos. Estas cosas las dice Pedro porque es un convencido de que Dios no pasa de largo, su corazón ha quedado traspasado por el arrepentimiento, agradecido por el perdón y el don recibido que le han hecho un hombre nuevo, dispuesto a proclamar la verdad de los acontecimientos que le han dado la vida.

Todavía no ha pasado mucho tiempo y ya conocen las persecuciones y el valor de la oración de Cristo, especialmente Pedro, ¡qué experiencias están viviendo ahora los discípulos! ¡con que alegría y fortaleza han asumido sus responsabilidades, las que les confió Jesús! Jesús fue preparando personalmente a todos los discípulos para la tarea que les iba a pedir, les fue abriendo su corazón para que le conocieran bien, pero la elección de Pedro fue especial y su intencionalidad evidente. El servicio de Pedro será sostener a los hermanos y a toda la Iglesia en la fe y ayudarles a desarrollarla, para cuando vengan las pruebas: Confirma a tus hermanos, apacienta, pastorea a mis ovejas… Pedro deberá ayudar a los fieles en la lucha por vencer todo lo que les haga perder o debilitar su fe. Esta es, pues, la finalidad a la que Pedro debe orientar su misión de confirmar y sostener en la fe: la comunión fraterna en virtud de la fe.

La Iglesia nos hace una llamada especial a todos nosotros en estos días de Pascua, que nos dejemos interpelar por la Palabra del Resucitado, que pone al descubierto nuestra fragilidad, pero, como a Pedro, nos tiende la mano y nos pide el consentimiento de la reciprocidad en el amor. Esto se debe a la fuerza de la fe, que potencia el deseo ardiente de amarlo de verdad, incondicionalmente y la necesidad de salir al encuentro de los hermanos, para ofrecerles el tesoro de esta gracia, el testimonio de una vida entregada a quien nos ha puesto en camino de salvación.

Con la alegría de este tiempo pascual, podemos decir que también nosotros reconocemos hoy, en la persona del Papa Francisco, al elegido por el Señor para pastorear a la Iglesia y cuando le miramos decimos: ¡ahí está Pedro!, fortalecido con la oración de Jesús que lo libra de sus enemigos. Reconocemos que su Magisterio nos ayuda a crecer en la fe y nos anima a consolidar la comunión entre todos los hermanos, que su llamada a la sinodalidad nos está haciendo mucho bien y nos está ayudando a construir la familia de la Iglesia. Oremos al Señor Resucitado por el Papa, hombre de Dios, hombre de paz, para que sienta en su ministerio cómo le necesitamos.

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