Reflexiones semanales
16 de septiembre 2018

Caminaré en presencia del Señor

XXIV domingo del Tiempo Ordinario

Las lecturas de la Palabra de Dios comienzan esta semana con el tercer canto del Siervo de Yahveh del profeta Isaías. Es uno de los textos más bellos de la Sagrada Escritura, porque ilumina la vida de un creyente a la luz del modelo perfecto, el del Siervo, que adelanta la imagen de Jesucristo. Este cántico comienza diciendo que el Señor le ha abierto el oído y que él no se ha rebelado, ni se ha echado atrás. He aquí la primera nota importante que todo discípulo debe tener en cuenta, dejar siempre actuar a Dios en la vida, sabiendo que hay que favorecerle el camino y, para ello, se tienen que mantener los oídos abiertos para escuchar y aprender. Este detalle comienza a tener sentido tal como lo decía Jesús y se recoge en los evangelios: “el que tenga oídos para oír, que oiga”. Las conclusiones a las que llegamos son evidentes: que a nosotros, mediante la gracia, el Señor no sólo nos ha dotado de los oídos de la carne, sino también de los de la mente, aquellos que nos permiten tener la capacidad para entender las cosas de Dios. En la vida cristiana es necesario tener espabilados nuestros oídos, los del cuerpo y los de la mente, ambos son un regalo para escuchar con docilidad el proyecto de Dios y para fiarte de Él. Con la fortaleza que le da el Señor, el discípulo puede enfrentarse a las adversidades con confianza.

Cuando escuchemos el Evangelio veremos que tiene un especial encanto, porque el relato tiene movimiento y logra que entres en la escena, te hace protagonista de las preguntas y de las respuestas que se plantean. El que lleva la iniciativa es Jesús, que pregunta a sus discípulos eso de, “¿quién dice la gente que soy yo?”, las respuestas son esquivas, pero nada comprometedoras, cosa que obliga al Señor a seguir preguntando directamente: pero, “vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Mientras los discípulos andan desconcertados porque les señala directamente a ellos, la reacción de Pedro fue inmediata: “Tú eres el Mesías”. Pedro estuvo rápido, resuelto, convencido y responde con una confesión de fe impresionante, que reconoce a Jesús como el Mesías esperado, el Salvador, el Señor. Pedro es una persona humana, su carácter es vehemente y le ha demostrado a Jesús que le sigue porque le quiere, aunque no tiene todavía muy claras las cosas de cómo se plantea Dios la Historia de la Salvación. Pedro no quiere ver a Jesús sufrir y lo defiende, eso sí, desde un planteamiento humano, una manera de hacer las cosas, que no es el modo de hacerlas de Dios, y Jesús se lo explica con claridad: si quieres ser discípulo mío, debes renegar de ti mismo, debes cargar con tu cruz diariamente y debes seguirme “con el ánimo de quien se encuentra siempre en peligro de muerte”. Esta fue la lección que Jesús les dio a todos, saber perder la vida por Dios y por el Evangelio. Cristo les dio a entender lo que significa amar de verdad a los demás con un amor de entrega, de donación total y lo que esto exige.

Ya hemos visto lo que significa seguir a Jesús por un camino diferente al que se había imaginado Pedro y los demás discípulos, ellos pensaron que se trataba de una vida de triunfos y éxitos fáciles, pero Jesús les muestra el verdadero camino, el del servicio en la humildad, el de la renuncia y hasta de muerte. Naturalmente que ni Pedro, ni los demás entendían esto, pero ahora ya lo saben. A partir de este momento todos reconocemos la importancia de caminar en su presencia.

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