Reflexiones semanales
29 de enero 2017

Bienaventuranzas

IV domingo del I Tiempo Ordinario

Todas las lecturas de este domingo tienen un mensaje común, que Dios es el protector de los débiles, humildes y pobres y que la humildad y la pobreza, de la que se habla, no son una desgracia, sino una vía para encontrar el favor de Dios. A primera vista parece algo contradictorio el que se diga que éstas sean las razones de la felicidad, pero así son las cosas de Dios y de esta manera se ha presentado ante nosotros. En la Navidad nos ha dado el Señor la primera lección y después van a venir muchas más. En el texto del Evangelio de San Mateo ya tenemos un adelanto del estilo de vida que nos pide Dios y un testimonio de lo que veremos en la manera de ser y actuar del mismo Jesús. Leamos despacio las Bienaventuranzas y nos daremos cuenta de cómo marcan el perfil de Nuestro Señor, que las proclama, porque las vive. Jesús es pobre, humilde, misericordioso, manso, pacífico, constructor de la paz…  Ahora entendemos que para ser cristiano es preciso vivir lo que el mundo definiría como una paradoja, algo incomprensible, porque en su mentalidad no caben estos comportamientos, más bien la ambición por las riquezas, tiranía, soberbia, el poder a toda costa… Otra vez aparece la incompatibilidad entre la luz y las tinieblas. El cristiano es hijo de la luz.

Jesucristo ha entrado en nuestra historia y se ha hecho uno de nosotros, sencillamente porque no éramos felices, andábamos desorientados, todo lo que ha ido haciendo el hombre, tratando de corregir a Dios, no escuchando su voz en el Sinaí, olvidando la ley natural, ha salido mal. Alejarse del Señor fue la causa de nuestros males, por eso ha venido a hacerse uno de nosotros, para curarnos y para levantarnos de nuestras miserias y desgracias y ser consolados. Habíamos perdido la felicidad, una verdadera tragedia, pero fue así y nos habíamos incapacitado para logarla, era imposible al estar cargados del peso de tanto egoísmo, indiferencia, desprecios y rivalidades por intereses, por ser más y poder más… Tenemos razones para dar gracias, porque ha sido Dios mismo el que ha tomado la iniciativa para salir a nuestro encuentro y proponernos la felicidad. No la impone, porque respeta nuestra libertad, la propone de una manera especial, mostrándonos que está al alcance de nuestras manos, con el modelo de Jesucristo: Redentor, Maestro, Salvador. La primera lección ha sido hacerse hombre y ponerse a nuestro nivel.

Las Bienaventuranzas son las palabras de Jesús que nos muestran dónde está la felicidad. Desde luego es algo muy distinto a lo que nos propone el mundo, por eso la paradoja. Las múltiples promesas de felicidad que se nos ofrecen todos los días son falsas, suelen ser promesas que no se cumplen y llevan a la desesperanza, a la tristeza, porque se quedan solo en la superficie, nunca llegan al corazón, son desconsoladoras. Por otra parte, deberíamos valorar lo que nos cuestan las promesas de felicidad que nos ofrece el mundo, son esclavizantes. Por el contrario, las palabras de Jesús son amables, sencillas, comprensibles, iluminan y dan esperanza, nos devuelven la vida y ¡son gratuitas!

La felicidad tiene que “contagiar” todo tu ser, hasta las capas más hondas de ti y esto es imposible lograrlo si no eres capaz de amar y amar es darse, entregarte… Dios es la verdadera felicidad.

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