Reflexiones semanales
11 de marzo 2018

El amor de Dios se nota desde lo alto de la Cruz

IV domingo de Cuaresma

En esta semana, cuarta de Cuaresma, el Señor nos ofrece pistas para fortalecer nuestra fe: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Dios va revelando al hombre su más profunda intimidad: su misericordia. Sin la intervención continua de Dios, a través de la cual renueva incansablemente el diálogo con el hombre, este sucumbiría a su propia destrucción. Si Dios no saliese permanentemente en tu búsqueda, a ti no te quedaría más que asistir finalmente a tu propia perdición; porque sin la misericordia constante te perderías, te sentirías frustrado. La clave de todo salta a la vista: Que Dios nos ama y que el amor de Dios es lo que mueve los nobles y maravillosos sentimientos de todos los hombres, y cuando hay amor verdadero en nuestras relaciones interpersonales no hay lugar al temor, como dice San Juan en su primera carta. Así que tenedlo claro: violencias, maledicencias, calumnias, vejaciones, mentiras, odios, rencores, chismosos, ingeniosos para el mal… toda clase de pecados, no vienen de Dios.

De este amor misericordioso y gratuito de Dios nace su llamada ininterrumpida, para que te conviertas y vuelvas a Él. Con ese fin, Dios suscita en medio de su pueblo profetas que, con su vida, palabras y obras, te manifiestan el camino de vuelta a Él y lo confirman de nuevo en la esperanza de la salvación. Es interesante la invitación que San Juan Pablo II hizo a los jóvenes cuando los exhortaba a ser “centinelas de la mañana que vigilan, fuertes en la esperanza, en espera de la aurora”. Aprovechad esta oportunidad que nos da la Cuaresma para acercaros a Dios con todas las fuerzas, no tengáis pereza en poner la propia existencia al servicio de la causa del Reino de Dios, dejándolo todo e imitando más de cerca la forma de vida de Jesucristo.

En la segunda lectura, San Pablo les dice a los efesios que Dios es rico en misericordia, porque tiene una razón: nos ama de verdad. Hoy es la ocasión para un replanteamiento de la autenticidad y del vigor de tu propia fe. No des por supuesto nada, es necesaria tu respuesta personal para abrazarte a la fe adorante en el Dios Padre de Jesucristo, que le resucitó a Él y nos resucitará a nosotros para la vida eterna. Ante la tentación de la contingencia, los cristianos nos sentimos llamados a "instalarnos en la inmortalidad" (¿no es éste el sentido de la fórmula paulina del "vivir en Cristo", de la "vida oculta en Dios con Cristo"?), para desde ahí reconstruir la existencia humana en el mundo como hijos de Dios, libres, dueños del mundo, iniciadores de su Reino de fraternidad y de paz, “en la tierra como en el Cielo”. Ante la experiencia de tu realidad, de tus debilidades, deja que entre en tu ser la Palabra, escúchala, oye a Dios, haz silencio para que aparezca en toda su grandeza el mensaje de Jesús: Sólo Dios es tu Padre, un Padre de gracia, que cuida de ti y te da por medio de su Hijo una vida nueva que salta hasta la vida eterna. “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito”. El que resucitó a Jesús te resucitará también a ti, si crees en Él y te dejas llevar por su Espíritu. Jesús es la Luz para el camino. Sal de las tinieblas y de las sombras de muerte. Dios abre para ti la Vida.

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