Reflexiones semanales
4 de noviembre 2018

Amar al Señor y al prójimo

domingo del Tiempo Ordinario

Acaba de terminar el Sínodo de los Obispos sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” en Roma y todavía están resonando en nuestra mente los ecos de los distintos documentos que han precedido al trabajo sinodal. Una de las cosas que se ha resaltado en ellos es la palabra escuchar. La palabra escuchar aparece en el documento de trabajo del Sínodo 47 veces y en todos los casos con la clara dirección de la importancia de saber escuchar a los jóvenes y de la importancia de saber escuchar todos a Dios. En el Instrumentum Laboris leemos los dos ejemplos: En primer lugar, se destaca el saber escuchar activamente las necesidades de los jóvenes, tener abiertos los oídos a ellos para poder responderles con gentileza y ofrecerles la palabra justa en el momento justo; en segundo lugar se privilegia la escucha y el diálogo con Dios en el silencio donde podemos escuchar la voz de Dios y discernir su voluntad para nosotros: “En Jesús nos descubrimos llamados a ir más allá de nosotros mismos; de hecho, escuchar su palabra nos invita a «navegar mar adentro» (cfr. Lc 5,4) y a abrirnos a horizontes que con las propias fuerzas uno ni siquiera podría imaginar”. Abrir los oídos a Dios es importante para la vida de un creyente siempre, es lo que nos dice la Palabra de Dios de esta semana: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios”. En el Deuteronomio, escuchar a Dios es esencial, es como una profesión de fe en el único Dios verdadero, que está tan cerca y tan preocupado por nosotros, que notamos inmediatamente su amor, su bondad, su cercanía, su fidelidad… que nos sentimos unidos al salmista para cantar: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador”.

En el Evangelio se ve cómo Jesús une estrechamente el amor a Dios y el amor al prójimo, nos está pidiendo que abramos los dos oídos, uno para escuchar a los hermanos, y así poder llevarle a Dios sus necesidades, y el otro, para escuchar a Dios y poder iluminar la vida de nuestros hermanos con la voluntad de Dios.

Recordad ahora el Evangelio del domingo pasado, el del ciego que le gritaba desde la orilla del camino a Jesús: “¡Señor, que vea!”. Ya conocéis la respuesta de Jesús: “Tu fe te ha curado”, ¿lo recordáis? Lo que le dijo el Señor fue muy claro: la solución está en ti, te basta la fe. Nada es imposible para el que cree. Escuchad con atención esta semana, porque Dios nos pide una respuesta viva, la fe. La importancia de la fe la vemos frecuentemente en la predicación de Jesús y cómo Él se lo exige a sus discípulos: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: «Desplázate de aquí allá», y se desplazaría, y nada os sería imposible” (Mt 17,20); este es un tema capital, por eso se entiende lo que sucedió en Nazaret, según dice San Mateo, que allí no hizo milagros, por la falta de fe (Mt 13,58). Podéis prestar atención al Evangelio de este domingo y seguro que llegaréis a la misma conclusión: la importancia de escuchar a Dios, fijaos cuando el letrado le dice a Jesús que tiene en cuenta los mandamientos de Dios y prestad atención a la respuesta del Señor: No estás lejos del Reino de Dios.

Que el Señor os ayude a mantener los oídos abiertos para escuchar y dar gracias.

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