11 de marzo 2016

“Lo más hermoso de mi vida es estar en esta comunidad, con personas que puedo sentir hermanos, con los que puedo compartirlo todo”

V viernes de Cuaresma
Testimonio vocacional de Ángel García Martínez, seminarista interno del Seminario Menor de San José.
“Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré” (Jeremías 1, 5)
Todo comenzó un 7 de enero de 1999 (bueno, en realidad empezó unos meses antes), en Cartagena, cuando nació un niño llamado Ángel. Este soy yo, Ángel García Martínez, de la parroquia de Nuestra Señora de los Llanos del El Algar (Cartagena) y seminarista del Seminario Menor San José.
Respecto a la cita que he puesto al principio, es así como entiendo yo la llamada –o mejor dicho la historia- que el Señor ha tenido a bien hacer conmigo. Desde que tengo uso de razón, siempre me ha atraído todo lo religioso, todo lo que tenía que ver con la Iglesia, con Jesús y con la Virgen. El hecho de vivir al lado de la iglesia era quizá lo que más incentivó esta curiosidad por lo sagrado que todos cuando hemos sido niños hemos tenido. Mi abuela es la que hace aquí su trabajo: ella era la que me acompañaba a Misa todos los sábados, al rezo del Rosario y a la Adoración Eucarística de los jueves. En todo esto, yo tenía mis ojos fijos siempre en dos objetivos: el primero era la Virgen de los Llanos, la imagen que está entronizada en el altar de mi parroquia y con la que los algareños veneramos a la Madre de Dios como patrona nuestra. Eran largos los ratos que la miraba fijamente, y grande el cariño con el que siempre he guardado sus estampas. El segundo objetivo de mi mirada era mi párroco. Verlo a él celebrar la Santa Misa fue algo decisivo en mi determinación por el sacerdocio. Todo esto, vivido siempre con la total normalidad del mundo. A la mayoría de mis compañeros les gustaba el fútbol, a mis compañeras sus juegos de familias –a los que me solía adherir como el tío cura que, tras celebrar la Misa del domingo, iba a comer con ellas-, pero a mí lo que más me gustaba era, por encima de todo, ir a la iglesia.
En mi vida sucede un hecho que me marca. El 12 de agosto de 2005, tras haber sufrido un fuerte cáncer de útero, marcha mi madre a la presencia del Señor. Sin embargo, aquí es donde yo veo la gran misericordia de Dios con los suyos, con los pequeños que nos quedamos aquí profundamente dolidos. A pesar de la angustia que ya sufrí con solo seis años, pude ver con el tiempo que, en realidad, no estoy solo. El Señor se ha llevado a mi madre, sí, pero me ha dado a la suya propia: ya no solo como Madre de la Iglesia Universal, sino a nivel individual, a mí, que me había quedado desamparado. Agradezco aquí a Dios el papel de cada uno de mis familiares: la fortaleza de mi padre, la templanza de mi abuela, la maternidad que ejerció sobre mí mi tía, la diligencia de mi tío, la alegría de mi hermana y el vuelco de tantos y tantos que me es imposible nombrar aquí.
Respecto al Seminario (Menor y Mayor) no tenía sino una idea muy difusa –y errónea- sobre lo que es. No lo conocía, y pensaba que eso sería una especie de cárcel, de valle de lágrimas, donde los seminaristas –como buenos amargados- paseaban su alma en pena hasta que fueran sacerdotes. Pensaba: “si eso, me voy los seis años del Seminario Mayor, que es lo justo, y ya está”. Estaba en sexto de Primaria cuando, a raíz de un cabreo con mis compañeros del colegio (¡hay que ver de qué tonterías se sirve el Señor!) cambié de actitud. “Estoy harto, y para aguantar de esta manera a alguien que no me entiende, pues me voy a un lugar donde, al menos, pueda compartir mi amargura con otros que me entienden mejor”, este era mi pretexto para convencerme a mí mismo para entrar al Seminario Menor. Contacté por Tuenti –red social muy popular por entonces- con un seminarista, que me invitó a ir al campamento que anualmente organiza el Seminario. Fui, y me di contra un muro en las narices. Ni el Seminario era un valle de lágrimas, ni los seminaristas ánimas penantes; al contrario, me encontré con los chavales más alegres que había conocido, llenos de vitalidad, y que me entendían a la perfección. Y lo más importante, habían sentido una llamada similar a la mía. Eran chavales que, como yo, andaban a la búsqueda de su vocación.
Entré en 2º de la ESO al Seminario Menor en familia. Y al año siguiente, para tercero, en el año 2013, tuve la suerte de, junto con cinco hermanos más, iniciar el Seminario Menor en régimen interno.
No puedo sino dar gracias al Señor por todo. En mi poco trayecto de vida recorrido, he podido aprender que todo es gracia del Señor. Si hoy soy seminarista no es ya por mérito propio, o de mis formadores o de la Pastoral Vocacional, sino que es por mera gracia del Señor, porque su bondad no conoce límites. El camino no es fácil, los tres años que llevo aquí no son precisamente un caminito de rosas, pero en medio de todo esto tengo la certeza de que está el Señor. Le doy gracias a Él también por mis hermanos del Seminario: lo más hermoso de mi vida es estar en esta comunidad, con personas que puedo sentir hermanos, con los que puedo compartirlo todo. Esto es una verdadera bendición. Y pedir que sea siempre lo que Él quiera.
¡Gracias, Señor!
Volver a noticias

Suscríbete a nuestro boletín de noticias y recibe en tu correo electrónico las noticias destacadas de nuestro blog.

Suscríbete
Noticias relacionadas