Formación Litúrgica

El Sacramento de la Penitencia

Si leemos detenidamente la bula Misericordiae Vultus, por la que el Papa Francisco convocó el Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, veremos que este sacramento aparece en unos pocos números: el número 17 y el número 22. Puede parecer entonces que no tiene tanta importancia. Sin embargo ambos números van a lo nuclear.

En concreto el número 17, hablando de la iniciativa 24 Horas para el Señor nos dice lo siguiente: "De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior".

No hay, por tanto, experiencia auténtica de la misericordia de Dios que no pase por experimentarla en el contexto de la celebración litúrgica del sacramento de la Penitencia. No obstante no debemos considerar aisladamente el sacramento, como un momento puntual en nuestra vida, sino verdaderamente como el punto de llegada de un auténtico proceso de conversión, que nos abre a una vida renovada en el seguimiento de Jesucristo.

La bula se centra más en la figura del confesor. El mismo número 17 pide que "los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre". Para ello es condición indispensable que también ellos se acerquen a este sacramento y experimenten en carne propia el perdón de Dios, haciéndose penitentes.

Ser confesores, nos recuerda el Santo Padre, "significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva". ¿Cómo se concreta ese ser “signo” del amor divino que perdona y salva? El Papa insiste mucho en la acogida: "cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo", es decir, saliendo al encuentro, abrazando al hijo arrepentido que vuelve a casa y manifestando la alegría por haberlo encontrado. También buscando al hijo que quedó fuera.

De esta manera, y prácticamente en dos breves frases, el Santo Padre centra la importancia del Sacramento de la Penitencia en dos focos: por una parte situar el sacramento en el centro de la experiencia cristiana; y por otra, renovar su celebración.

Como hemos dicho, el problema quizás haya sido que muchas veces hemos reducido demasiado el Sacramento, insistiendo solamente en la confesión, pero olvidando el contexto sin el cual corremos el riesgo de quitarle su fuerza transformadora: el proceso de conversión, el camino de vuelta a la casa del Padre.

El Sacramento de la Penitencia desde la Sagrada Escritura

Cuando en el Nuevo Testamento se apunta a la finalidad de la Encarnación, por ejemplo en el relato de la Anunciación a María o en el del sueño de José, se dice que Jesús "salvará a su pueblo de los pecados". Él ha venido, en efecto, a salvar a los pecadores, por medio del perdón de los pecados –la redención– para de este modo hacernos participar de la vida misma de Dios –la filiación adoptiva–.

Por eso, la Iglesia ha recibido el ministerio de la reconciliación. En el primer relato de las apariciones del Resucitado, que nos narra San Juan –Jn 20, 21-23–, en la mañana misma del Domingo de Resurrección, Jesús se hace presente en medio de sus discípulos con el don de la paz, y les encomienda la misión de continuar su obra, guiados y alentados por el Espíritu Santo. En este contexto les encomienda el ministerio de la reconciliación: "a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". El ministerio de la reconciliación, la administración gozosa del perdón y la misericordia de Dios, están en el centro mismo de la misión de la Iglesia.

Ya en la Última Cena, en el contexto de la institución de la Eucaristía, Jesús interpreta su propia muerte en este sentido: su Sangre se derrama "para el perdón de los pecados". Ese es el sentido del acontecimiento que los Apóstoles todavía no han vivido, para el que Jesús les está preparando, y que se actualiza "cada vez que comemos de este pan y bebemos de este vino".

Si seguimos hacia atrás en la vida y el ministerio de Jesús vemos que la realidad del pecado, del perdón y de la misericordia está constantemente presente. Lo vemos en la parábola del Padre Misericordioso, injustamente llamada del "Hijo Pródigo" o en el evangelio del perdón de la adúltera. Y esos son solo unos pocos ejemplos de tantos y tantos textos con los que Jesús nos muestra que el perdón de Dios se hace presente.

Ante este despliegue de amor incondicional, quien es consciente de ello se da cuenta inmediatamente de su propia pequeñez. Como Pedro, después de la pesca milagrosa, solo le queda decir: "apártate de mí, Señor, que soy un pecador" (Lc 5,1-11). Como el publicano del templo, no nos atreveríamos siquiera a levantar los ojos al cielo, mientras que el corazón iría repitiendo, al compás de los labios: "¡Oh Dios! Ten misericordia de este pecador" (Lc 18,13).

La grandeza de Dios y la pequeñez del hombre. El diálogo que se establece en el sacramento de la Penitencia no es un diálogo entre iguales. No es una exigencia, ni un mero ajustar cuentas. Es tomar conciencia de la realidad de un amor que nos regenera, que nos reconstruye como personas, que nos devuelve la dignidad perdida por las multiformes manifestaciones de la falsa y orgullosa pretensión de vivir sin Dios –y por tanto de nuestros hermanos– que son todos y cada uno de nuestros pecados.

Por eso –y de ello hablaremos la semana que viene– el pecado no es solamente una transgresión de la ley. No es que arbitrariamente Dios nos ha dicho "no comáis del árbol que está en medio del Jardín". El pecado es algo mucho más sutil, y tiene consecuencias, no solo para con nuestra relación con Dios ni para nosotros mismos, las tiene también para los demás.

Una visión renovada del pecado y de sus consecuencias

El pecado es ante todo una realidad que rompe la comunión para la que hemos sido creados. Nosotros solemos pensar en el pecado como el alejamiento de Dios, pero también supone el alejamiento de los otros, del prójimo. Y no solamente eso: alejados de Dios y alejados del prójimo el pecado nos encierra en nuestro egoísmo, lo que nos lleva a una auténtica esclavitud de la que hemos de ser liberados.

El hombre, creado por Dios para amar y ser amado, que tiene en su corazón ese deseo innato, se encuentra por el pecado encerrado en un muro de egoísmo, y en consecuencia cae en una insatisfacción: creado para amar, pero incapaz de amar, no encuentra el sentido de su vida.

He aquí la visión del pecado que nos ofrece, por ejemplo, el relato del capítulo tercero del libro del Génesis, que nos cuenta la caída de Adán y Eva, que en sí mismos representan toda la humanidad. El relato del Génesis nos muestra el pecado ante todo como un engaño de la voluntad. Dios ha creado a Adán y Eva –y por tanto a todos nosotros– para que seamos libres. Pero la libertad no es hacer lo que a mí me da la gana, sino que la verdadera liberad, la que me construye como persona ante Dios y ante el prójimo, es la que busca en todo momento la voluntad de Dios, conscientes de que Él nos ha creado y nos ama, y buscarle a Él nos edifica como personas.

El engaño de esa voluntad viene de la serpiente: "Dios os ha limitado prohibiéndoos comer el árbol de la ciencia del bien y del mal. Por tanto no solamente Dios no os ama, sino que Dios os limita. Si coméis de ese árbol, es decir, si elegís por vosotros lo que está bien y lo que está mal, seréis verdaderamente felices".

Y así es como el libro del Génesis describe el pecado de los primeros padres, y, en él, nuestros propios pecados: la falsa libertad nos lleva a elegir en contra de nuestra propia naturaleza, en contra de lo que nos construye, engañados por un "seréis como dioses" que nos promete que ser felices es algo que podemos construir nosotros mismos, pero que realmente va a tener consecuencias.

Las consecuencias del pecado también aparecen en este capítulo del libro del Génesis. Para empezar, el alejamiento de Dios: Adán y Eva se esconden de Dios, tienen miedo de Él, porque están desnudos. El pecado les ha despojado de la experiencia de un Dios que les ama gratuitamente. Luego, el alejamiento del prójimo: cuando Dios les pregunta por lo que han hecho viene inmediatamente el reproche, la acusación mutua, la mentira y la descomunión.

Por todo ello, para entender bien lo que significa el sacramento de la Penitencia y celebrarlo de manera adecuada, como un auténtico proceso de conversión que nos lleva a experimentar la misericordia gratuita de Dios, es necesario salir de una idea del pecado como mera transgresión de una ley, una norma o un mandamiento. Es necesario también salir de la visión individualista del pecado, porque el pecado tiene consecuencias también en mi relación con los demás. Es necesario, finalmente, considerar el sacramento no como un acto aislado, sino como la culminación de un proceso espiritual al que llamamos "conversión", sin el cual la confesión y la penitencia pierden todo su sentido.

Reconocer el pecado, reconocerse pecador, reconocer las consecuencias del pecado

No hay celebración auténtica del sacramento de la Penitencia que no sea la culminación de un proceso de conversión. El sacramento no es algo mágico. Tampoco es una especie de "lavadora" que puntualmente quita las manchas que tenemos. Por eso, para que haya un auténtico proceso de conversión se tienen que dar tres reconocimientos.

El primero es reconocer el propio pecado. El clásico "examen de conciencia", que de pequeños aprendíamos como una de las cinco cosas necesarias para confesarse bien. Sin una conciencia cierta de cuáles son nuestros pecados el camino de la conversión no tiene sentido. Reconocernos pecadores nos sitúa en un punto de partida. Ahora queda un camino que recorrer, que culminará con el abrazo del Padre, que es el perdón y la misericordia.

A la vez que reconozco el pecado, me reconozco pecador, "capaz de pecado e inclinado al pecado", decía San Juan Pablo II en una bellísima exhortación apostólica llamada Reconciliación y penitencia. El pecado no es algo ajeno a mí, algo exterior que como por casualidad me ha manchado un poco. Reconciliarse con Dios tiene como punto de partida, pues, reconocer el pecado cometido y reconocerse pecador. ¡Cuántas veces nos gusta al confesarnos añadir un "pero", una justificación de por qué pecamos, echando la culpa a los demás, a las circunstancias! Decía San Juan Pablo II: "hacer penitencia en el sentido más completo del término significa arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud correcta del arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre".

No puede existir conversión, pues, sin el reconocimiento del propio pecado, que nos lleva a conocernos a nosotros mismos, en nuestra debilidad de pecadores. El pecado no es solamente algo entre Dios y yo. Es un mal, ciertamente: un mal que repercute en mi relación con Dios y conmigo mismo, sin duda, pero también en mi relación con los demás.

Pero falta un tercer reconocimiento. ¿Cuál es? Sin duda alguna reconocer las consecuencias del pecado. El pecado de cada uno repercute de alguna manera, directa o indirecta, sobre los demás.

Una vez que ese triple reconocimiento se ha hecho, se puede iniciar un camino de retorno, magistralmente expuesto por el mismo Jesús en la parábola del Hijo Pródigo, y comentado por el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1439: "la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia".

El perdón, la reconciliación y la penitencia

El perdón es una realidad que tiene dos protagonistas: aquel que perdona, que acepta la petición de perdón, y el que es perdonado, que es el que hace esa petición. El perdón, para ser auténtico, supone un olvido total del mal que se ha hecho por parte de la persona que perdona. También, por parte de quien pide perdón, ha de haber una conciencia de ese mal realizado, de lo contrario la petición carecería de fundamento.

Dios "tiene entrañas de misericordia". Así lo describe muchas veces la Sagrada Escritura. ¿Qué hace falta para que Dios nos perdone? Únicamente pedirlo. Así, por ejemplo, Pedro se deja perdonar por la mirada de Jesús tras haberlo negado en el patio de la casa del Sumo Sacerdote, y luego, más adelante, en la aparición a la orilla del lago donde Jesús le pedirá una triple profesión de amor. Judas, sin embargo, desesperado por su pecado, es incapaz de pedir ese perdón, y no encuentra otra solución ante el grito de su conciencia que quitarse la propia vida.

La reconciliación va todavía más allá del perdón. Podríamos decir que es un fruto del perdón. Reconciliarse no es solamente perdonar o ser perdonado. Es recomponer una relación que el pecado ha roto. Es un proceso. En ese sentido es el término que mejor se puede aplicar para referirnos al cuarto sacramento: sacramento de la Reconciliación: el proceso por el que, a partir de la gracia del perdón otorgado por Dios, se recompone la relación con Él, con los demás e incluso conmigo mismo, porque el pecado también tiene consecuencias en mí: me esclaviza en mi "yo" egoísta. Un proceso, como decíamos en artículos anteriores, que nos permite huir de una visión medio mágica del sacramento, reducido al acto puntual de confesar los pecados y recibir la absolución.

La penitencia es otra palabra que hemos utilizado mucho para referirnos a nuestro sacramento. Su sentido ha cambiado mucho a lo largo de la historia. En los primeros siglos la penitencia era un tiempo. Allá por el siglo V de nuestra era y durante varios siglos la práctica era distinta a la que nosotros hoy realizados. El que había pecado gravemente acudía al obispo y confesaba su pecado. El obispo no le absolvía inmediatamente, sino que le daba un tiempo propio de conversión, un tiempo para arrepentirse sinceramente, por medio de gestos como el ayuno, la oración, etc. Ese tiempo era un tiempo de penitencia. La Cuaresma, en parte, nació para que la Iglesia acompañase con su oración a quien estaba haciendo penitencia, para poder reconciliarse antes de la Vigilia Pascual y poder vivir la Pascua reintegrado en la comunidad, de la que el pecado le había excluido.

Hoy la confesión y la absolución van seguidas, en la misma celebración. Por eso no tiene sentido acercarse al sacramento si haber realizado un proceso de conversión auténtico. La penitencia, impuesta ahora después de la absolución, y no antes, ya no sirve como un remedio para convertirme de mis pecados, sino que ahora tiene más bien el sentido de acción de gracias por el perdón recibido. Acción de gracias que se concreta en obras que van en contra el pecado realizado, y que son de alguna manera un primer fruto del sacramento, y un signo de disposición interna a obrar en adelante el bien. ¿Es así como lo vivimos? Porque son ayudas que a veces pasan un poco de largo, ¿verdad?

El problema de la mediación ministerial

Muchas veces oímos una expresión, incluso en cristianos supuestamente formados y practicantes, que dicen: "yo me confieso con Dios", y que rechazan por tanto la forma de la celebración del sacramento de la Penitencia, que supone la mediación de un ministro.

El problema parece claro: si el perdón es un don que viene de Dios, ¿qué papel juega el ministro, con el que nos "confesamos" y que en nombre de Dios y de la Iglesia nos "absuelve"? ¿No se puede eliminar esta mediación, que por otra parte produce unos ciertos reparos humanos? ¿No basta tener una relación íntima y personal con Jesucristo para que se nos perdonen los pecados?

Ciertamente aceptar las mediaciones humanas, sobre todo cuando estamos tocando algo tan íntimo y tan profundo como mi propia realidad de pecador, no es fácil. Y no solamente por el tema de los reparos humanos, de la vergüenza o de la cierta humillación que supone abrirse a ese nivel con otra persona. Es que realmente verbalizar la situación y la experiencia del pecado no es fácil. Podemos caer, por poner dos ejemplos totalmente opuestos, en superficialidades genéricas –del tipo "yo soy muy pecador" pero luego no poder concretarlo más allá de esa afirmación– o en enumeraciones exhaustivas que rayan lo morboso.

Lo cierto y verdad es que si el sacramento de la Penitencia está en crisis –y ciertamente lo está desde hace ya mucho tiempo– es en parte porque tenemos una visión de la fe demasiado privatizante: "yo con Dios". Y la celebración de la fe nunca es solamente un "yo con Dios". Ese "yo" se integra en un "nosotros" que es la Iglesia, a la que Cristo asocia en la celebración como sujeto de la misma.

Se trataría, por tanto, de redescubrir la eclesialidad del sacramento. ¡Es una celebración de la Iglesia! No lo podemos ni debemos reducir a un mero acto privado en el que de alguna manera yo me descargo y me quedo tranquilo. Las consecuencias del pecado dañan también a los demás, dañan el cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia. Por tanto la Iglesia está presente y celebra este sacramento. Porque, como nos recuerda el Concilio Vaticano II: "Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia" (SC 26).

De lo contrario, en una mentalidad privatizante –"yo con Dios", "yo me limpio", etc.– caeríamos en el riesgo de hacer depender el perdón de Dios de nuestros méritos, y no es así. Son los méritos de Cristo, de su pasión, los que han obtenido el perdón para nosotros, que se nos aplica si estamos convenientemente dispuestos, para ello, si hemos recorrido un auténtico camino de conversión. Pero sin Cristo, sin su gracia, ese camino se quedaría en puro ascetismo, puro esfuerzo personal por ser mejor, pero no nos obtendría el perdón de Dios.

El punto crucial es este: el Señor ha querido que la gracia llegue a nosotros por una mediación, que es la Iglesia. Quien nos absuelve, en el nombre de Jesucristo y con la fuerza del Espíritu Santo, no es solamente el sacerdote, sino que en él está la Iglesia misma. Eliminar esa mediación supondría reinventar la fe y adaptarla a nuestros gustos, a nuestras necesidades tantas veces egoístas.

La Iglesia, con sus acciones, y especialmente con sus sacramentos, continúa y hace presente hoy la acción de Jesucristo. En estos días de Pascua, y especialmente cuando se acerque la Ascensión y Pentecostés vamos a ver que esto está en la voluntad de Cristo al enviar a sus Apóstoles no solamente a anunciar la Buena Noticia, sino también a realizarla. ¿Con qué fuerza? Con la del Espíritu. Pero esa mediación es necesaria: la Iglesia aparece ante el mundo –nos recuerda el Concilio– como “sacramento” universal de salvación, es decir, como un signo que hace presente ante el mundo la salvación de Cristo para el que con fe la quiera acoger.

Reconciliados con Dios y con la Iglesia

El sacramento de la Reconciliación, dentro de la enorme riqueza penitencial que tiene la Iglesia para orientarnos en el camino de retorno hacia Dios, es sin duda el signo por excelencia de la misericordia de Dios y el manantial inagotable de esa gracia que es el perdón. Pero hay una diferencia: en esa riqueza penitencial, hay algunos signos que nos ayudarán en la medida en que nos esforcemos por ponerlos en práctica. Dios nos ayudará, sin duda, pero su eficacia depende de nosotros. Así, por ejemplo, el ayuno o la limosna tendrán eficacia para ponernos cara a Dios y nos harán avanzar en el camino de la conversión si los ponemos en práctica.

El sacramento de la Reconciliación, sin embargo, y al igual que el resto de los sacramentos, depende en su eficacia únicamente de Dios. Dicho de otra manera: el perdón sacramental que en este sacramento recibimos no depende de nuestros méritos, ni de nuestro fervor. Es verdad que podemos obstaculizar la gracia, pero la gracia del perdón viene de Dios, en virtud de los méritos de la pasión de Jesucristo.

Este sacramento nos reconcilia con Dios, ciertamente, pero como todo sacramento es también eclesial. No es un sacramento "privado", un "yo con Dios". Cuando el sacerdote dice "yo te absuelvo" ese "yo" es Dios, pero es también un "nosotros", el "nosotros"” de la Iglesia, porque el sacramento nos reconcilia con Dios y con la Iglesia. ¿Es esto una novedad, un invento moderno? ¡Qué va! Llegado a este punto meditaremos un fragmento de un sermón de San Agustín (ss. IV-V d. C.), en el que explica a sus fieles su papel en el camino penitencial de los hermanos. Es precisamente un sermón, llamado el Sermón Guelferbitano, en el que San Agustín reflexiona sobre el poder de "atar y desatar" que Cristo ha concedido a los Apóstoles en virtud de su resurrección y en función de la misión que les encomienda. Llegado a un cierto punto se pregunta: "¿Quién ata?, ¿quién desata? Me atreveré a decirlo: estas llaves las tenemos también nosotros. Pero ¿qué es lo que digo? ¿Que nosotros atamos? ¿Que nosotros desatamos? Atáis también vosotros, desatáis también vosotros. Porque es atado quien se separa de vuestra comunidad, y, al separarse de vuestra comunidad, queda atado por vosotros. Y cuando se reconcilia, es desatado por vosotros, porque también vosotros rogáis a Dios por él".

¿Por qué el pecado hiere a la Iglesia? San Agustín lo explica en el mismo sermón de esta manera, hablando de la conversión de San Pablo: "Estos son los miembros que oprimía aquel Saulo, primero perseguidor, luego predicador, echando amenazas de muerte, difiriendo la fe. Una sola palabra dio al traste con todo su furor. ¿Qué palabra? “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” ¿Qué podía hacer al que estaba sentado en el cielo? ¿Qué daño podrían hacerle las amenazas? ¿Qué daño podrían hacerle los gritos? Nada de esto podría ya afectarle, y sin embargo clamaba: “¿Por qué me persigues?”. Cuando decía: “¿Por qué me persigues?” declaraba que nosotros somos miembros suyos. Así pues, el amor de Cristo, a quien amamos en vosotros; el amor de Cristo, a quien también vosotros amáis en nosotros nos conducirá, entre tentaciones, fatigas, sudores, miserias y gemidos, allí donde no hay fatiga alguna, ni miseria, ni gemidos, ni suspiros, ni molestia; donde nadie nace, ni muere; donde nadie teme las iras del poderoso, porque se adhiere al rostro del Todopoderoso".

Quizás uno de los mayores retos que nos encontramos a nivel litúrgico y pastoral con el sacramento de la Reconciliación es recuperar una dimensión comunitaria que está desagraciadamente muy oscura.

El sacramento en la historia

Para comprender la renovación del sacramento de la Penitencia querida por el Concilio Vaticano II es muy útil conocer un poco cómo ha sido la historia de este sacramento. Al principio de la historia de la Iglesia no existía un sacramento para perdonar los pecados que no fuese el Bautismo. El catecúmeno que recibía el Bautismo, después de un largo proceso de iniciación cristiana, recibía también el perdón de los pecados. La idea es que el Bautismo es el inicio de una vida nueva: el cristiano, renacido del agua y del Espíritu, vive para Dios, y no peca gravemente.

No obstante, la dureza de las persecuciones y la misma naturaleza humana, que tantas veces se resiste a la obra de la Gracia, hicieron meditar a los Santos Padres, los obispos de esa época, allá por el siglo II de nuestra era, y aceptaron una penitencia segura después del Bautismo. Una sola vez los cristianos ya bautizados, en el caso de los pecados más graves, podían obtener el perdón de Dios. Era una "tabla de salvación" después del Bautismo, como algún Padre la denominará.

Así nació una disciplina sacramental que denominamos la "Penitencia pública". Dejemos clara una cosa: esta disciplina se aplicaba solamente para pecados muy graves, como el homicidio o la apostasía. Los pecados "leves" no eran objeto de este sacramento, y se expiaban por otros medios –oración, ayuno, limosna, etc.–.

La persona que ha cometido un pecado muy grave va a ver al obispo y confiesa su culpa. Esto no es público, no se hace delante de la comunidad cristiana –nunca se ha hecho así en la historia de la Iglesia-. Esta persona sabe que pecando ha hecho un gran daño, que repercute también en la propia Iglesia. Por eso su pecado le ha excluido de la comunidad cristiana. No puede seguir perteneciendo a ella como si nada. A partir de este momento formará parte del "orden" de los penitentes. No podrá participar en la Eucaristía y comulgar, pero eso no es un castigo, sino una consecuencia lógica de lo que el pecado ha hecho: apartarnos de Dios, apartarnos de los demás. Durante un tiempo se deberá dedicar a la penitencia: ayuno, limosnas… Se trata de suscitar en él un verdadero espíritu de conversión. Durante ese tiempo la comunidad cristiana no lo despreciaba, sino que de alguna manera se hacía cargo de él, orando por él. Podían participar solamente en la primera parte de la misa, en la liturgia de la Palabra; cuando llegaba la "oración de los fieles", como él no formaba parte durante un tiempo del grupo de los "hermanos", debía abandonar la iglesia, como también hacían los catecúmenos que no habían recibido el Bautismo.

Pasado un tiempo, si había un verdadero espíritu de conversión, que la Iglesia tenía que discernir, esta persona estaba preparada para reintegrarse en la comunidad cristiana. Por lo general este proceso de conversión tenía lugar en el ámbito de la Cuaresma, que era también cuando los catecúmenos se preparaban más intensamente para recibir el Bautismo en Pascua. Así, llegado el Jueves Santo, los penitentes públicos eran reconciliados con la Iglesia. Volvían a ser reintegrados en la comunidad cristiana y podían celebrar, con los hermanos, la Vigilia Pascual, donde también eran recibidos en la comunidad los nuevos bautizados.

Un proceso, como vemos, muy hermoso, y que no es un castigo, aunque ciertamente haya una serie de restricciones. Simplemente se pone en primer plano lo que el pecado grave ha hecho en la vida de la persona y de la Iglesia, y se invita a recorrer un camino purificador que verdaderamente toque el corazón de la persona.

Lo que pasó es que hecha la ley, hecha la trampa. El sistema penitencial, pensado para los pecados más graves, con un camino penitencial muy serio y muy duro, para favorecer una auténtica conversión, provocó que mucha gente dejase la penitencia para el final de su vida. Además, con la desaparición del catecumenado –era imposible mantener una iniciación cristiana tan exigente cuando eran grandes masas las que entraban en la Iglesia– el hecho de la conversión profunda para recibir el perdón se va diluyendo poco a poco.

Se va dando progresivamente un cambio en la forma de celebrar el sacramento, cada vez más privada, prácticamente sin intervención de la comunidad cristiana. La penitencia pública, donde el penitente era ayudado por la comunidad cristiana, se hace privada. El sacramento, que solamente se podía celebrar una vez en la vida, se hace reiterante, y aplicable no solamente a los pecados más graves, sino a todos los pecados. El acento no se pone tanto en la conversión como en la expiación, es decir, en el pago para redimir el castigo merecido por el pecado.

Así, en el siglo XI, más o menos, tenemos ya un sistema penitencial en el que se pone el acento en la confesión: decir los pecados. Ese mismo acto es visto ya como una cierta expiación, porque supone una humillación. La penitencia, que antes era el camino que llevaba a la conversión y con ella a la absolución, se convierte ahora en una especie de "pagar por los pecados". Dependiendo de cuál fuese el pecado, así sería la penitencia.

En la Edad Media son famosos los "libros penitenciales", una especie de manual para la confesión en el que se enumeraban los pecados y las penitencias que les correspondían. La concepción era peligrosa, porque supone un cierto "pagar" por los pecados. Ciertamente, y de nuevo, hecha la ley, hecha la trampa: se buscaba a personas que, por una remuneración, cumpliesen la penitencia en nombre de otro.

El Concilio de Trento vino a poner un poco de orden en esta situación, y recuperó en cierta manera la importancia del proceso de conversión, al hablar de que el penitente tenía que cumplir tres actos: contrición, confesión y satisfacción. Era necesaria una auténtica contrición –o al menos la atrición, que es la contrición imperfecta, que no está producida por el amor a Dios, sino por el miedo a condenarse–.

El Concilio Vaticano II, cuatrocientos años después, quiso recuperar algunas de las cosas importantes que se habían perdido por el camino. Así, por ejemplo, el papel de la Iglesia no está claro en este sacramento. Tampoco el papel de la Palabra de Dios. Muchas veces la forma de celebrar el sacramento adolece de un cierto "automatismo": voy, confieso mis pecados, recibo la absolución, posiblemente alguna palabra y orientación del sacerdote, se me impone la penitencia y ya está. La reforma conciliar –si vemos el Ritual de la Penitencia actual nos daremos cuenta de ello– recoge que, en la celebración del sacramento, como en cualquier otra, se ha de proclamar, aunque sea brevemente, la Palabra de Dios, que es la que realmente llama a conversión. Y el tipo de celebración comunitaria, en el que una asamblea escucha la Palabra y pide perdón a Dios, rezando  unos por otros –aunque luego la confesión y la absolución son, como no puede ser de otra manera–, individuales–, nos invita tomar conciencia de la importancia de la Iglesia en el sacramento.

Pistas todas ellas que nos ayudan a vivir el sacramento de forma renovada. ¿Ha llegado esto realmente a nuestras comunidades cristianas y la concepción del sacramento de todos los fieles? Posiblemente queda aún mucho individualismo en la forma de vivir el sacramento, y unas concepciones del mismo un poco desenfocadas. Algo que tendremos que ir superando poco a poco.

El amor de Dios al encuentro de la pequeñez del hombre

«Cuando nos damos cuenta de que el amor que Dios tiene por nosotros no se para ante nuestro pecado, no se echa atrás ante nuestras ofensas, sino que se hace más solícito y generoso; cuando somos conscientes de que este amor ha llegado incluso a causar la pasión y la muerte del Verbo hecho carne, que ha aceptado redimirnos pagando con su Sangre, entonces prorrumpimos en un acto de reconocimiento: "Sí, el Señor es rico en misericordia" y decimos asimismo: "El Señor es misericordia"». Estas palabras las he tomado prestadas de una exhortación apostólica del Papa San Juan Pablo II, titulada precisamente Reconciliación y penitencia, del año 1984. Los obispos se reunieron en un Sínodo para reflexionar sobre estas realidades, y, como fruto, el Papa nos ofreció ese documento que, aún hoy, tiene vigencia y actualidad.

El texto que he citado es el número 22. Allí el Papa hace una cosa muy necesaria para poder entender y vivir mejor el sacramento de la Penitencia: pone en primer plano el amor de Dios, que nos sale al encuentro, como el padre al hijo pródigo en la parábola.

Cuando se habla del sacramento de la Penitencia se suele hablar de las obras del penitente y de las obras del confesor. Pero, ¡cuidado! Hablar de las obras del penitente y del confesor para describir el sacramento no nos puede desorientar: hemos de mirar siempre la iniciativa amorosa de la misericordia de Dios, sin la cual no hay sacramento.

Así, las tres obras clásicas del penitente en el sacramento son la contrición, la confesión y la satisfacción. Para describir cada una de las tres podemos comenzar de la misma manera: Porque el amor de Dios es misericordia entonces… el hombre que ha pecado, al experimentar ese amor, experimenta el dolor por no haber amado lo suficiente, por no haber respondido a ese amor. Ese dolor es la contrición, que no es solamente el examen de conciencia y el dolor de los pecados, con el propósito de enmienda. Es eso y mucho más. Es un diálogo sincero con Dios. Es dejarme iluminar por Él. Es dejarme purificar por Él. ¿Qué queda en pie en mi vida si se confronta con el amor y la misericordia de Dios? ¿Por qué damos tanta importancia a cosas que no la tienen? ¿Por qué apoyamos nuestra vida en terrenos que para nada son firmes? La contrición es la conversión, sin la cual el sacramento no se puede dar. Es verdad que existe la contrición imperfecta, la "atrición", por la cual yo me convierto por temor, en vez de por amor. De todo se sirve Dios para atraernos a su amor, ciertamente, pero, ¡qué pena si no experimentamos en nuestra vida el Amor que hace nuevas todas las cosas!

Porque el amor de Dios es misericordia, entonces… confesaré mis pecados, verbalmente, ante el ministro de la Iglesia, siendo plenamente consciente de cuáles son. "Te he manifestado mi pecado, no he tenido escondidos mis errores. Dije: confesaré al Señor mi culpa, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado". La oración de este salmo resume perfectamente la segunda obra del penitente, que se corresponde con la obra del confesor: la absolución.

Porque el amor de Dios es misericordia, entonces… daré gracias a Dios por el perdón recibido, y haré una obra, sugerida por el confesor, que manifieste esa acción de gracias. Una obra de penitencia. Pero ya no como en la Iglesia primitiva, donde esas obras ayudaban al pecador a hacer un auténtico camino de conversión, sino realmente como una obra que, siendo contraria al pecado, es signo de la acción de Dios en mi vida, de su perdón renovador, de la Pascua de Cristo, que nos ha abierto un camino de vida nueva.

Pero todo ello, como decimos, no tiene sentido como mera obra humana, sin tener en cuenta el amor de Dios que es misericordia.

Ramón Navarro Gómez
Delegado Episcopal de Liturgia

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