Formación Litúrgica

Los libros litúrgicos

¿Qué es un libro litúrgico? ¿Qué contiene? Podríamos decir sencillamente que un libro litúrgico es el "manual de instrucciones" de la celebración. Leyéndolo atentamente sabremos cómo es y cómo se desarrolla el rito en cada una de las partes que lo componen. A las indicaciones que nos dan los libros litúrgicos se les suele llamar "rúbricas", porque se escriben en rojo, para diferenciarlas así de otros textos, como las lecturas de la Palabra de Dios y las oraciones, que también están contenidas en los libros litúrgicos.

Las oraciones que se utilizan en la celebración –que técnicamente reciben el nombre de "eucología"– son muy importantes, porque expresan la fe de la Iglesia. En efecto, la Iglesia, cuando celebra la liturgia, está celebrando su fe. Por eso las oraciones que utiliza no son improvisadas al gusto de cada uno, sino que forman un patrimonio que es de toda la Iglesia. Por eso, cambiar algo en los libros litúrgicos es competencia del Papa, que lo hace por medio de un organismo llamado la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que se encuentra en Roma.

Tanto las oraciones –la "eucología"– como la misma estructura del rito y las lecturas que en él se emplean son parte de la Tradición litúrgica, y se remontan muchos siglos atrás. Los primeros libros litúrgicos puestos por escrito son de finales del siglo VI d. C. Muchos de aquellos textos venerables los seguimos utilizando hoy, orando con las mismas palabras que los que nos precedieron en la fe. Otras oraciones –una minoría comparadas con las antiguas– son de nueva composición, pero al hacerse desde cero se ha tenido en cuenta esa Tradición y el hecho de que las oraciones expresan la fe de la Iglesia, y no se pueden componer a la ligera.

Nosotros solemos poner mucho énfasis en las lecturas de la Misa. Sin embargo muchas veces las oraciones pasan como de largo, incluso la más importante de la celebración, que es la Plegaria Eucarística. Y sin embargo, como decimos, en esas fórmulas está nuestra fe expresada en el contexto de la liturgia. Deberíamos escucharlas con unción y responder "amén" no con el automatismo de la rutina, sino con la convicción de la propia fe.

El Concilio Vaticano II supuso una renovación y una reforma general de la liturgia, tanto de la Eucaristía como de los sacramentos y de las otras celebraciones litúrgicas de la Iglesia. La idea general era despojar a los ritos de adherencias innecesarias y volver a la pureza y la fuerza del origen, de lo esencial, para que así las celebraciones expresasen de forma más clara el Misterio que se celebra y los fieles fuesen ayudados a participar en ellas de forma consciente y activa.

El fruto más evidente de la Reforma Litúrgica del Vaticano II fue la publicación de los libros litúrgicos. Esa publicación, después de un trabajo laborioso de años, cuidando que la celebración litúrgica renovada estuviese en plena comunión con la Tradición y a la vez respondiese a las exigencias de los tiempos que nos toca vivir, se hacía en latín. Los libros litúrgicos publicados en latín se llaman editio typica, una expresión latina que podríamos traducir libremente como “edición modélica”. En efecto, son el modelo para que luego se traduzcan a todas las lenguas vernáculas, labor que se encomienda a las Conferencias Episcopales.

Los principales libros litúrgicos

El libro litúrgico más conocido y sin duda el más importante es el Misal. Es un libro que se utiliza solamente en la celebración de la Eucaristía, y que contiene aquellas oraciones que son pronunciadas por el presidente de la celebración a lo largo de la misa. En concreto el Misal está compuesto por innumerables "formularios" de misas, que son el conjunto de oraciones propias de cada celebración. Por ejemplo, el formulario de la misa del domingo XXIV del Tiempo Ordinario incluye la oración colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración de postcomunión. En algunas solemnidades se incluye también en el formulario el prefacio, porque es propio de la fiesta, y en Cuaresma la nueva traducción del Misal incluye las "oraciones sobre el pueblo", para bendecir a la asamblea al final de la celebración.

Junto con los formularios de las misas, propios de cada una de ellas, el Misal también incluye textos comunes a las celebraciones, como por ejemplo las plegarias eucarísticas. También encontraremos en el Misal el llamado "Ordinario de la Misa", que es, por decirlo así, el "guión" detallado de la celebración.

Característica peculiar del Misal Romano es que también incluye las indicaciones para los cantos de entrada y de comunión –las "antífonas"–. Son los textos del canto gregoriano, que nos pueden ayudar a elegir mejor los cantos de la misa, atendiendo al texto propuesto, y que, en el caso de la misa sin canto, pueden ser recitados por el celebrante o por un ministro al final de la procesión de entrada y antes de comulgar.

El Misal ha tenido tres ediciones desde que el Vaticano II ordenó su revisión y reforma. La primera fue en 1970. La segunda en 1975. La tercera, que es la actual, es de 2002. En castellano seguimos utilizando la traducción de la segunda edición, hasta que este curso se publique, por fin, la traducción castellana de la tercera. Entre las distintas ediciones no hay diferencias en lo fundamental, sino más bien en pequeños detalles: nuevos formularios, textos corregidos, etc.

Es evidente que el Misal no es el único libro que se utiliza en la celebración eucarística. Si así fuera, ¿de dónde leemos las lecturas de la Palabra de Dios? Necesitamos, obviamente, otro libro: el Leccionario. El Misal reformado por el concilio de Trento –vigente desde su promulgación en 1570 hasta que en 1970 se promulga el del Concilio Vaticano II– incluía también las lecturas, porque la selección era muy pequeña y se iba repitiendo –por ejemplo, no había lecturas en los días entre semana del Tiempo Ordinario, y se repetían las del domingo–. Es lo que en liturgia se llama un "Misal plenario". El Vaticano II dispuso que se abriesen de forma más abundante los tesoros de la Palabra de Dios, y por eso el leccionario ya no cabía en el mismo volumen del Misal. Así, a partir del Vaticano II, el Leccionario se publicó separadamente del Misal, y no en un solo libro, sino en varios. En concreto en castellano hemos tenido hasta ahora nueve volúmenes del Leccionario, utilizando uno u otro dependiendo de la celebración.

Hace unos años, como sabemos, la Conferencia Episcopal Española emprendió la tarea de hacer una traducción propia de la Biblia, que fuese "oficial" tanto para la liturgia como para la catequesis y para los mismos documentos de la Conferencia. Una vez publicada y promulgada esa Biblia se ha emprendido la tarea, bastante compleja, de reeditar los leccionarios con la nueva traducción. Son los nuevos leccionarios que todos hemos visto, publicados de forma muy hermosa y digna. Poco a poco irán apareciendo los nuevos volúmenes hasta completar la edición.

Los Rituales

Si nos remontásemos unos cuantos años atrás, antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, descubriríamos un libro titulado Rituale Romanum –Ritual Romano–. Allí se contenían, en un solo volumen, y no demasiado grande, los ritos de todos los sacramentos y de otras celebraciones a las que denominamos “sacramentales”, porque tienen una estructura similar a la de los sacramentos: nos referimos a las exequias, a las bendiciones, etc.

Cuando la reforma litúrgica querida por el Concilio Vaticano II se planteó renovar la celebración de los sacramentos y sacramentales, según el encargo de la constitución Sacrosanctum Concilium, se decidió publicar por separado, como un libro autónomo, cada uno de los rituales de los sacramentos. Así hoy no encontramos un libro que se llame el Ritual Romano, sino que encontramos, por ejemplo, el Ritual del Bautismo, el Ritual de la Confirmación, el Ritual de Exequias o el Ritual para el culto eucarístico fuera de la misa.

Esta decisión puede parecer algo sin importancia, pero no lo es. Como hemos comentado antes, el antiguo Rituale Romanum reunía en sí todos los rituales, y no era un libro voluminoso. ¿Por qué? Porque había algunas cosas en las que los rituales de los sacramentos y sacramentales eran bastante pobres. En concreto, en dos: la presencia de la Palabra de Dios y la existencia de textos y formularios alternativos, para no celebrar siempre los sacramentos con los mismos textos, sino teniendo una variedad que permita adaptarse a las circunstancias concretas de la celebración.

En efecto, si nosotros hojeamos un ritual de cualquier sacramento –pongamos por ejemplo el Bautismo– vamos a encontrar no solamente el rito del sacramento, sino varias alternativas. En el caso concreto de este ritual tenemos el bautismo de varios niños y el de un solo niño –adaptando las fórmulas al singular para no tener que improvisar sobre la marcha-, y vamos a encontrar en apéndice multitud de formularios alternativos para las oraciones que forman parte del rito. Esto hace posible un rito menos "automático", y requiere por parte de quien lo prepara un esfuerzo por utilizar las herramientas que el ritual proporciona para hacer una celebración que facilite en la medida de lo posible la participación activa de la asamblea. Teniendo en cuenta que en los sacramentos las asambleas suelen ser muy variopintas y el nivel de fe que encontramos muy variable, es un punto a tener en cuenta.

Junto con esto cada ritual tiene su propio leccionario: una selección de lecturas adecuada para el sacramento que se celebra. A veces incluyen incluso comentarios, o ejemplos prácticos de liturgia de la Palabra adecuada a diversas situaciones, y en algunas ocasiones hay rituales que contienen modelos de homilía o moniciones. La importancia de los "tesoros bíblicos" de la Palabra de Dios, que decía el Concilio Vaticano II, se muestra no solamente en el leccionario de la Misa, sino también en los distintos rituales, de modo que nunca se celebre un sacramento o sacramental sin la proclamación adecuada de la Palabra de Dios, del encuentro con Cristo en su Palabra que precede y prepara al signo sacramental.

Los rituales, por tanto, son un desafío para quienes presiden y celebran los sacramentos y para quienes los preparan, porque no son un instrumento que se utiliza tal cual, sino que requiere una adecuada preparación, que, por desgracia, no siempre se da.

El Pontifical

Como su propio nombre indica, el Pontifical sería el libro que contiene las celebraciones y ritos que preside el pontifex, el pontífice, o sea, el obispo.

En efecto, desde muy antiguo existió y fue evolucionando un libro con las celebraciones que eran propias del obispo. Con el paso de los siglos el Pontifical se fue ampliando y complicando. Tras el Concilio de Trento, en 1595, se publica la edición "oficial" del Pontifical, en tres volúmenes. En 1961 se hizo una revisión para simplificarlo, dado que las celebraciones que contenía eran tremendamente complejas, y llenas de duplicados y añadidos que se habían adherido con el tiempo.

La Reforma Litúrgica del Vaticano II hace con el Pontifical lo mismo que había hecho con el Ritual: deja de existir como libro autónomo y lo que se hace es publicar por separado los ritos que forman parte del mismo, ampliando la posibilidad de elegir textos y lecturas, y simplificando notablemente los ritos, en continuidad con la Tradición litúrgica de la Iglesia.

De entre los libros que formarían parte del Pontifical y que han sido publicados por separado cabría señalar dos, entre otros: el Ritual de Órdenes y el Ritual de la dedicación de iglesias y altares. Las ordenaciones, tanto del obispo como del presbítero y el diácono, son celebraciones que solamente puede presidir el obispo, que es el ministro del sacramento. La dedicación de las iglesias no es un sacramento, sino un sacramental, una celebración instituida no por Cristo, sino por la misma Iglesia, y estructurada a imagen de los sacramentos. Es una celebración importantísima, por la cual se consagra la iglesia o el altar, y está llena de un riquísimo simbolismo teológico sobre la Iglesia –la que está hecha de piedra y sobre todo la que está hecha de piedras vivas, de cristianos–.

El Pontifical contiene también otros ritos, como la visita pastoral, la bendición del abad o la abadesa, etc.

Junto con el Pontifical se publicó en el siglo XVI una especie de "manual de uso" práctico de este libro. Es el llamado Ceremonial de los obispos, del cual estamos esperando la publicación en castellano actualizada desde hace ya algunos años.

Algo muy importante en los libros que componen el Pontifical –y que está explicado detalladamente en el Ceremonial– es la así llamada Misa Estacional. Si a un cristiano de a pie, de una cultura religiosa media, le preguntamos cómo se denomina la misa solemne presidida por el obispo, es muy probable que nos diga que es la Misa Pontifical. Todavía hoy es posible leer esa denominación en referencias a algunas celebraciones presididas por el obispo que no han actualizado el lenguaje.

La Reforma Litúrgica cambió la expresión Misa Pontifical por Misa Estacional. "Pontifical" hace referencia, como hemos dicho, a que está presidida por el obispo. Es correcto, pero se queda un poco corto. "Estacional", sin embargo, hace referencia a la reunión de toda la Iglesia Local: presidida por el obispo, concelebrada por los presbíteros, con la participación del Pueblo de Dios. La Misa Estacional es la manifestación más visible y perfecta de la Iglesia Local, que, en comunión con toda la Iglesia Universal y bajo la guía del obispo, peregrina en un lugar determinado.

Así, cada vez que el obispo ordena, o dedica una iglesia, o simplemente preside solemnemente la Eucaristía en la visita a una parroquia, está celebrando una Misa Estacional.

Los libros contenidos en el Pontifical son las celebraciones que van marcando la vida diocesana, y, por tanto, debemos tenerlos en gran consideración, como un tesoro precioso, tanto por los ritos como por la riqueza teológica que contienen.

Ramón Navarro Gómez
Delegado Episcopal de Liturgia

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