Formación Litúrgica

La coronación de las imágenes de la Virgen María

La coronación canónica de las imágenes de la Bienaventurada Virgen María es una de las formas más solemnes y peculiares –además de extraordinaria y excepcional– del culto a la Madre del Señor. No es una celebración muy antigua en la historia de la liturgia. Las primeras coronaciones canónicas se remontan al siglo XVII, y no fueron incorporadas definitivamente al conjunto de las celebraciones litúrgicas católicas hasta el siglo XIX.

El rito pretende subrayar la devoción por una determinada advocación de la Virgen María, y consiste en la imposición de una corona –o coronas, si la imagen de la Virgen lleva también la del Niño– al icono o imagen.

El origen del rito hay que buscarlo en las misiones que hacían allá por el siglo XVI los padres capuchinos. Al finalizar las misiones solían recoger joyas, como signo de conversión y desprendimiento, que fundían para confeccionar con ellas una corona para la Virgen. Así, en el origen remoto del rito tenemos una relación entre la corona y la conversión y la vida de fe de los fieles, algo en lo que el ritual actual insiste muchísimo.

La primera vez que se corona canónicamente una imagen de la Virgen fue probablemente en 1631. El conde de Borgonovo, Alejandro Sforza, fiel seguidor de las prácticas de los capuchinos antes referidas, había legado en su testamento parte de sus bienes a la Basílica de San Pedro de Roma para que se promoviese la coronación de las imágenes de la Virgen más veneradas en todo el mundo. La primera fue la Madonna della Febbre en la sacristía de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, que curiosamente era una imagen de la Piedad, que habría inspirado a Miguel Ángel su célebre escultura. Así se fue haciendo durante varios siglos en Italia, hasta que en el año 1897 se incluye el rito en el libro que utiliza el obispo para las celebraciones que le son propias, el Pontifical Romano. Con la "oficialidad" del rito, se fue extendiendo por todo el mundo la práctica de la coronación.

Hay dos tipos de coronaciones: las pontificas y las diocesanas, dependiendo de la instancia o la autoridad eclesiástica que la concede. Obviamente no todas las imágenes de la Virgen María han de ser coronadas canónicamente. Todas llevarán –o podrán llevar– corona, pero solamente aquellas que tienen mayor importancia en la devoción del Pueblo de Dios, mayor fama –por ejemplo, porque concitan numerosas peregrinaciones, o porque su culto está extendido en la región o en la nación– podrán ser objeto de esta celebración litúrgica.

Cuando es el Papa el que concede la coronación canónica esta se llama coronación canónica pontificia. Así fue, por ejemplo, la coronación de la imagen de la Virgen de la Fuensanta, el 24 de abril de 1927. Si es el obispo el que concede la coronación, se llama coronación canónica diocesana. La competencia del obispo para poder conceder él que imágenes de la Virgen sean coronadas fue concedida por San Juan Pablo II, porque hasta ese momento el obispo debía hacer un trámite bastante complicado que implicaba al cabildo de la Basílica de San Pedro. Las coronaciones recientes en nuestra Diócesis han sido de este segundo tipo.

María, reina del Pueblo de Dios

Para conocer el significado del rito, nada mejor que releer la explicación del mismo que viene en la introducción del ritual. Comienza esta explicación hablando de la legitimidad del culto a las imágenes en la Iglesia, tanto a las de Cristo, como a las de su madre y de los santos. Ese culto, sin embargo, debe encuadrarse en un adecuado marco teológico, que parte de la Encarnación: Cristo, el Hijo de Dios invisible se ha hecho visible al adoptar nuestra carne, y por eso podemos representar su humanidad, como una ayuda para nuestra fe, que no se queda en la imagen de madera o de piedra sino que se sirve de ella para llegar a quien esa imagen representa. Así también con María o con los Santos, vinculados siempre al Misterio de Cristo.

La veneración a las imágenes de Santa María Virgen frecuentemente se manifiesta adornando su cabeza con una corona real. Y cuando en la imagen la Santa Madre de Dios lleva en los brazos a su divino Hijo se coronan ambas imágenes. Al efectuar el rito, en efecto, se ciñe primero la corona a la imagen del Hijo y luego a la de la Madre.

La tradición de representar a la Virgen con corona real, e incluso en un trono, es muy antigua. Siempre está en relación con el Misterio de Cristo y su victoria sobre el pecado y la muerte.

María es por tanto invocada y tenida por el pueblo de Dios como Reina, porque es Madre del Hijo de Dios y Rey mesiánico: María, en efecto, es Madre de Cristo, el Verbo encarnado, por medio del cual "fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades"; Madre del Hijo de David, acerca del cual dijo el ángel con palabras proféticas: "Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin"; de ahí que Isabel, llena del Espíritu Santo, saludó a la Santísima Virgen, que llevaba a Cristo en su seno, como "Madre del Señor".

María también es invocada y tenida como Reina por el Pueblo de Dios porque es miembro supereminente de la Iglesia: esclava del Señor, que fue coronamiento del antiguo Israel y aurora santa del nuevo pueblo de Dios. María es "la parte mayor: la parte mejor, la parte principal y más selecta" de la Iglesia; bendita entre las mujeres por el singular ministerio a ella encomendado para con Cristo y todos los miembros de su Cuerpo místico, como también por la riqueza de virtudes y la plenitud de gracia, María sobresale entre la raza elegida, el sacerdocio real, la nación consagrada, que es la Iglesia; y, por ello, con toda justicia es invocada como Señora de los hombres y de los ángeles y como Reina de todos los santos. Y la gloria de la Santísima Virgen, hija de Adán y hermana de los hombres, no sólo honra al pueblo de Dios, sino que ennoblece a todo el género humano.

El significado del rito de la coronación canónica

No todas las imágenes de la Virgen se coronan canónicamente, aunque todas estén adornadas con una corona. Al Obispo de la Diócesis, juntamente con la comunidad local, corresponde juzgar sobre la oportunidad de coronar una imagen de la Santísima Virgen María. Pero téngase en cuenta que solamente es oportuno coronar aquellas imágenes que, por la gran devoción de los fieles, gocen de cierta popularidad, de tal modo que el lugar donde se veneran haya llegado a ser la sede y el centro de un genuino culto litúrgico y de activo apostolado cristiano.

Como todos los ritos en los que toma parte la comunidad cristiana, es conveniente preparar a los fieles e instruirlos sobre su significado. Subraya la introducción al ritual que el carácter del rito de la coronación es "exclusivamente religioso", por lo que hay que evitar utilizarlo para otras finalidades distintas.

La diadema o corona que se ponga a una imagen ha de estar confeccionada de materia apta para manifestar la singular dignidad de la Santísima Virgen; sin embargo, se ha de evitar la exagerada magnificencia y fastuosidad, así como el deslumbramiento y derroche de piedras preciosas que desdigan de la sobriedad del culto cristiano o puedan ser algo ofensivo a los fieles, por su bajo nivel de vida.

Con todo, es especialmente importante que los fieles cristianos entiendan que la verdadera corona de la Virgen son ellos mismos, y que el adorno y las piedras preciosas que pueden adornar esa corona son los frutos de una vida de fe que se expresa en la caridad.

La celebración la preside, normalmente, el obispo diocesano, aunque puede delegar en otro obispo o incluso en un presbítero. Es una celebración de la Eucaristía solemne, en la que después de la homilía se bendice y se impone la corona o las coronas; si la imagen de la Madre lleva también la del Niño, se corona antes, tras lo cual la imagen de la Virgen, ya coronada, es incensada. En esa oración se pide por los fieles, la verdadera corona, y se hace de la misma manera:

"Mira, Señor, benignamente a esos tus siervos
que, al ceñir con una corona visible
la imagen de la Madre Dolorosa de tu Hijo,
reconocen en tu Hijo al Rey del universo
e invocan como Reina a la Virgen María.

Haz que, siguiendo su ejemplo, te consagren su vida
y, cumpliendo la ley del amor,
se sirvan mutuamente con diligencia;
que se nieguen a sí mismos
y con entrega generosa ganen para ti a sus hermanos;
que, buscando la humildad en la tierra,
sean un día elevados a las alturas del cielo,
donde tú mismo pones sobre la cabeza de tus fieles
la corona de la vida".

Ramón Navarro Gómez
Delegado Episcopal de Liturgia

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