Formación Litúrgica

El espacio litúrgico

A la hora de celebrar la liturgia utilizamos edificios antiguos o nuevos. Cada período histórico ha encontrado una expresión arquitectónica y artística para que puedan reflejar la realidad de la Iglesia, y lo ha hecho de forma más o menos afortunada, dependiendo también de cómo la concepción del misterio de la Iglesia ha ido cambiando. El Concilio Vaticano II planteó un desafío en ese sentido.

El desafío está en la Constitución sobre Sagrada Liturgia, en el número 124: "Al edificar los templos, procúrese con diligencia que sean aptos para la celebración de las acciones litúrgicas y para conseguir la participación activa de los fieles". Un número muy breve, pero que ya plantea dos criterios importantes: el primero es la aptitud del templo para las acciones litúrgicas. El segundo es la consecuencia del criterio pastoral que sobrevuela toda la Constitución: la participación activa de los fieles en la celebración litúrgica.

Muchas veces hemos hablado de lo que significa esta participación activa: por medio de los signos, símbolos, gestos y palabras de la liturgia se realiza un verdadero encuentro con Cristo, presente en la celebración a través de ellos, no solamente en la Presencia Real Eucarística, sino también en cada una de las realidades litúrgicas a su modo.

Por eso es necesario construir espacios litúrgicos y en la medida de lo posible adaptar los que ya tenemos: "[para que] resulten adecuadas para celebrar las acciones sagradas, conforme a su auténtica naturaleza, y obtener la participación activa de los fieles" (Inter Oecumenici, 90).

Pensemos por ejemplo en las iglesias del barroco. Son espacios litúrgicos grandes, muy grandes en muchos casos, para albergar un grupo numeroso de fieles. Pero este espacio no ha sido pensado para la liturgia, sino para la predicación. Por eso en medio de la nave de la iglesia hay un gran púlpito, que facilita que el sacerdote pueda dirigir el sermón a los fieles –muchas veces se hacía fuera de la celebración, o simultáneamente a ella, pero no integrado en ella-. El espacio del altar era mucho más reducido: la participación de los fieles en la Eucaristía era muy reducida: prácticamente se reducía a adorar la Sagrada Forma en la consagración y poquito más. Por eso en muchas iglesias barrocas el espacio del presbiterio es pequeño, se multiplican los altares laterales dentro de la misma iglesia. Esa configuración del espacio litúrgico no es apta para una celebración pensada en función de la participación activa de los fieles, y necesitará por tanto de una reflexión.

En el caso de las iglesias antiguas ese replanteamiento será posible o no dependiendo muchas veces de la condición de monumento y del valor artístico del edificio, que impiden ciertas transformaciones.

Por otra parte no se trata de cambiar por cambiar, y muchas veces ciertas adaptaciones que se hicieron después del Concilio Vaticano II no fueron particularmente acertadas. Así lo tuvo que recordar un documento importante de la época de la reforma litúrgica posterior al Concilio: "Al implantar la liturgia renovada, los Obispos pongan especial interés en la disposición estable y digna del lugar sagrado y particularmente del presbiterio (…). Algunas soluciones adoptadas en estos años de forma provisional tienden a afianzarse de forma definitiva. Varias de ellas (…), continúan empleándose, a pesar de ser contrarias al sentido litúrgico, el gusto estético y al cómodo y digno desarrollo de las sagradas celebraciones. Los planos para construir nuevas iglesias o, tratándose de antiguos monumentos, para proveer a su conservación y a su posible adaptación a las nuevas necesidades, habrán de lograrse con la colaboración de las comisiones diocesanas de liturgia y arte sagrado y también, si fuere necesario, consultando con expertos y con las autoridades civiles". (Liturgicae Instaurationes).

Lo cierto y verdad es que una iglesia lleva detrás un planteamiento teológico y eclesiológico: depende de cómo entendamos lo que es el misterio de la Iglesia así quedará plasmado en los edificios que construyamos para albergar a la comunidad cristiana en sus celebraciones.

El altar, centro del espacio litúrgico

El altar tiene un simbolismo doble: por un lado es "ara", altar del sacrificio, porque en él se actualiza de forma sacramental lo que en el Calvario sucedió de una vez para siempre: la muerte y la resurrección de Jesucristo. El Señor ofreció a Dios Padre el sacrificio de su propia vida, entregada por amor, y ese sacrificio se actualiza en la celebración de la Eucaristía. Por eso, el primer simbolismo del altar –el sacrificial- es también el más importante. Para significar este simbolismo se coloca sobre el altar o junto a él una cruz, que es el recuerdo permanente de lo que allí se realiza: el memorial del sacrificio de Cristo.

Junto con este primer simbolismo encontramos un segundo que va íntimamente unido. ¿Cómo se actualiza el sacrificio de Cristo? ¿Cómo participamos de él? ¿Cómo llega a nosotros? Lo hemos dicho: sacramentalmente, esto es, a través de signos por medio de los cuales el Señor se hace presente. Esos signos no los hemos elegido nosotros, sino que nos los ha entregado el mismo Jesús en la Última Cena, cuando nos ha encomendado: "haced esto en conmemoración mía". De tal forma que por medio de los signos de la Última Cena –tomar, dar gracias, partir y dar- se actualiza el Misterio Pascual de Cristo en la vida de la Iglesia. El altar, adquiere así un segundo simbolismo, que es el de la mesa. Por eso se reviste con el mantel, y se adorna de forma festiva, con luces y flores.

La Plegaria Eucarística nos ayuda a entender este simbolismo del altar y de la celebración: "Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo –es decir, para que el sacrificio se haga presente hoy- te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación –es decir, repetimos los gestos de la Última Cena-, y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia".

Todo esto, que vale para toda la celebración, se concentra en el altar, porque es allí donde se realizan estos gestos. Por ello, siendo un signo tan importante, es conveniente, en la medida de lo posible, que sea un altar fijo, y no una mera mesa que se puede poner y quitar. La materia ha de ser piedra u otro material digno. Las decisiones concretas competen a la Conferencia Episcopal.

La Iglesia, desde muy antiguo, tiene un rito para "dedicar" los edificios y especialmente los altares, es decir, para consagrarlos permanente para su uso litúrgico.

Respecto a la construcción, los documentos litúrgicos posteriores al Concilio Vaticano II nos dicen que el altar ha de estar separado de la pared, de modo que pueda ser rodeado y permitir la celebración de cara al pueblo. A lo largo de los siglos el altar se había ido reduciendo cada vez más hasta convertirse en una casi insignificante repisa en el retablo, reducido el espacio celebrativo del altar casi exclusivamente al "ara", la pequeña piedra de mármol sobre la que se colocaba el cáliz y la patena.

Recuperados su importancia y simbolismo, lo que se pide es que el altar sea verdaderamente el centro al que espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles. Porque el altar es centro de la celebración deberá ocupar una posición central en la asamblea, destacada, visible y digna.

Además, el altar ha de ser único, porque único es el sacrificio de Cristo y única la Eucaristía de la Iglesia. Por tanto, multiplicar los altares en una iglesia es algo que no tiene demasiado sentido, como no lo tendría celebrar simultáneamente varias eucaristías fragmentando la asamblea. De esta forma, revestir como altares –con manteles, cirios, cruces, etc.- los antiguos altares laterales de los retablos no parece que tenga mucho sentido.

Esto no impide que la iglesia pueda tener una capilla preparada para las celebraciones de diario con un segundo altar, pero aquí estaríamos hablando de un espacio litúrgico diferente.

La sede, lugar de la presidencia litúrgica

La sede es el lugar de la presidencia litúrgica. Como todos los lugares de la celebración, tiene una funcionalidad y un significado simbólico. Ambos se complementan.

En lo funcional, la sede ha de ser visible. Ejercer el ministerio de la presidencia, especialmente al principio de la celebración y durante la liturgia de la Palabra, requiere una cercanía y una conexión con el resto de la asamblea, tanto acústica como visual. Precisamente por eso el lugar escogido para colocar la sede se ha de cuidar especialmente: no debe estar tan alejada que impida esa cercanía con la asamblea, ni dar la impresión de que está separada o por encima de ella. Quien preside la celebración forma parte también de la asamblea litúrgica y ejerce un ministerio a su servicio: el de la presidencia.

Normalmente el puesto más adecuado de la sede sería de cara al pueblo, en el fondo del presbiterio, pero las dimensiones y la estructura del edificio pueden impedir esta solución, que es la más habitual. Un ejemplo sería la distancia excesiva, en el caso de iglesias muy grandes. Por otra parte, la solución adoptada en tiempos pasados de colocar la sede en un lateral del presbiterio no parece en absoluto adecuada.

La disposición general del lugar litúrgico ha de contribuir a que tomemos conciencia de lo que somos: la Iglesia de Cristo reunida en asamblea litúrgica. Por eso la forma en la que se distribuyen los lugares litúrgicos en la asamblea debe favorecer esa imagen de la asamblea reunida.

La forma de la sede también es significativa: los documentos litúrgicos insisten en que no tenga forma de "trono". Se trata de expresar la autoridad como servicio, y por tanto no todas las formas que puede adoptar son igualmente adecuadas. Otra cosa es la cátedra episcopal. La cátedra es la sede el obispo en la catedral, que normalmente sí asume una forma más solemne, al modo de trono.

El simbolismo de la sede le viene del hecho de que es el lugar desde el que el presidente de la celebración ejerce su ministerio. Simbólicamente la sede es signo de Cristo en tanto Cabeza, Pastor y Maestro en relación a la asamblea. Pensemos por ejemplo en las antiguas basílicas, en las que la sede se colocaba en el ábside, justo debajo de una gran imagen de Cristo Pantócrator.

Un problema habitual en la configuración del espacio litúrgico en lo que a la sede se refiere es que esta debe ser única, porque la presidencia es única en la celebración: aunque puedan concelebrar varios sacerdotes solamente uno es el que preside. No tiene sentido alguno, como se hace en muchas iglesias barrocas y en otras más modernas por imitación, colocar tres sillones similares en el presbiterio –herencia de tiempos pasados, de las misas con diácono y subdiácono o con sacerdotes que hacías las veces de ellos-, del mismo modo que no tendría sentido tener varios altares o varios ambones. Otra cosa es que ocasionalmente se puedan colocar los asientos que sean necesarios para los concelebrantes o para los ministros –acólitos, etc.-, pero resaltando en la medida de lo posible ese lugar de la presidencia y el ministerio que en él se ejerce.

El ambón, lugar de la Palabra

El ambón es el lugar de la proclamación de la Palabra de Dios. En torno a él se estructura toda la primera parte de la celebración: el encuentro con Cristo en su Palabra, que ilumina nuestra vida y nos dispone al encuentro con Cristo en el sacramento eucarístico.

Por eso este lugar litúrgico ha de ser repensado con un criterio pastoral, que no puede ser otro que el que plantea el Concilio Vaticano II: la participación activa de los fieles.

Primera consecuencia: si el ambón tiene esta importancia que acabamos de explicar, entonces durante la celebración de la liturgia de la Palabra ha de ser el lugar al que se vuelva espontáneamente la atención de los fieles.

Para ello es necesario que se pueda ver y oír desde él a los ministros ordenados y a los lectores. Visibilidad y acústica son muy importantes, porque son condiciones materiales que favorecen la participación de la asamblea, y han de ser cuidadas con esmero. Es curioso como muchas iglesias se restauran hermosamente y luego no se cuida, por ejemplo, la megafonía, siendo un elemento fundamental, porque ver y oír son dos sentidos que se ponen en juego en la liturgia al servicio de su dimensión simbólica.

El ambón es, demás, un lugar. La liturgia solemne ha previsto la procesión del Evangelio con varios ministros, que llevan los ciriales, el incienso… No es un mero mueble, un atril que se puede poner y quitar a conveniencia, como si en un momento dado no fuese importante. Perdería entonces toda su fuerza como signo y como lugar litúrgico.

Igual que la perdería si en el presbiterio se ubicasen no uno sino dos ambones, idénticos y arreglados por igual. ¿Cuál es el de la Palabra? ¿El atril para las moniciones o la oración de los fieles ha de eclipsar al lugar de la proclamación de la Palabra? Difícilmente entenderíamos que se preparase una mesa de la credencia que se confundiese con el altar, por dimensiones y ornamentación. Entendemos que la credencia es algo funcional, y que ha de ser, por tanto, discreta. ¿Por qué entonces no nos resulta extraño esta duplicidad de ambones que hay en muchas iglesias, y no solo en iglesias antiguas?

En tanto signo litúrgico, el ambón tiene un significado: es signo de Cristo profeta. En las basílicas antiguas la forma del ambón recuerda al sepulcro vacío y al anuncio de Cristo resucitado. Es el lugar del anuncio de la Buena Noticia. Conforme pasaron los siglos y la liturgia se fue privatizando y la asamblea dejó de participar activamente, el ambón, lugar de la Palabra, desapareció progresivamente. Con el tiempo surgirían en las iglesias los púlpitos, que no son lugar de la Palabra, sino de la predicación, que no se hacía dentro de la misa, sino paralelamente a ella o en otro momento.

Siendo signo de Cristo y de su Palabra, el ambón se ha de reservar en la práctica a la proclamación de la Palabra de Dios y al canto del Pregón Pascual. Otros usos se le pueden dar también, como la homilía o la oración de los fieles, pero es mejor buscar otro lugar apropiado para ellos.

El lugar de la asamblea

Uno de los documentos más importantes que habla de los lugares litúrgicos es la introducción del Misal Romano. Allí se habla, entre otras cosas, del lugar de los fieles, que constituyen la asamblea litúrgica. No se trata, por tanto, de situar a cada fiel individualmente en relación a los focos litúrgicos –altar, ambón y sede-, sino también de mostrar simbólicamente la realidad de la asamblea litúrgica, reunida y convocada en la comunión de la fe.

Este documento insiste también en que este lugar ha de estar "bien pensado" en función de la participación activa de los fieles en la celebración litúrgica, de modo que puedan ejercerla "con la vista y con el espíritu". La referencia a “con la vista” se refiere a lo que llamamos "participación externa", es decir, a tomar parte en los gestos, los símbolos, en poder ver y escuchar. Ver y oír son dos sentidos fundamentales que nos relacionan con el entorno. Por eso no es indiferente que exista o no esa visibilidad y esa acústica. "Con el espíritu" hace referencia más bien a esa realidad teológica y espiritual que es la asamblea, porque quien celebra es la Iglesia unida a Cristo, su Señor.

El criterio teológico acerca de la asamblea es que esta es signo de la Iglesia de Cristo. ¿Cómo organizar su lugar? Lógicamente de acuerdo con la eclesiología litúrgica que se maneje en cada momento de la historia. El Concilio Vaticano II, en este sentido, nos ha recordado que la asamblea litúrgica, jerárquicamente organizada, es, unida a Cristo, sujeto de la acción litúrgica. El desafío, entonces, es expresar esa naturaleza comunitaria de la liturgia en la disposición de la asamblea.

En ese sentido el aspecto comunitario de la liturgia se revela como algo fundamental. Los templos antiguos que seguimos utilizando no han sido planteados teniendo en cuenta esta doble preocupación –participación activa y realidad comunitaria-. Las grandes naves de los templos barrocos no han sido pensadas para orientar la asamblea hacia el altar, sino para permitir la predicación, que no se hacía dentro de la celebración, sino independientemente de ella. Por eso en medio de la nave se coloca el púlpito, que no es un ambón, sino una tribuna para el predicador.

La labor de adaptación del espacio litúrgico es complicada, pero necesaria. Más aún cuando son templos nuevos los que se construyen. No podemos –ni debemos- limitarnos exclusivamente a repetir esquemas del pasado. El espacio de la asamblea ha de ser repensado. Y no me refiero a que tenga que ser semicircular o en forma de anfiteatro. No. Hay muchas posibilidades, y en cada caso hay que hacer un planteamiento integral del espacio litúrgico.

Otro elemento a tener en cuenta es que la asamblea es única y diferenciada. Por eso hay nave y presbiterio, que deben estar diferenciados entre sí, aunque la sensación de separación no debe superar la sensación de unidad de la asamblea.

El tabernáculo o lugar de la reserva eucarística

Una pregunta clave que nos podemos hacer al hablar del lugar de la reserva es dónde ha de estar situado. Hay defensores acérrimos que sostienen que ha de estar en el presbiterio. Otros defienden que ha de estar situado en una capilla lateral, para favorecer el recogimiento y la adoración personal.

¿Cuál es la opción correcta? Ambas lo son. El primer documento de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II que toca este tema es la instrucción Inter Oecumenici, de 1964, en los números 98 y 99. Lo que sí dice es que ese lugar ha de estar pensado con sumo cuidado, y no se decide por un lugar específico, sino que plantea que ha de buscarse el mejor en cada caso: en el centro del altar mayor, en un altar lateral destacado o en otro lugar de la iglesia, noble y dignamente adornado.

En efecto, no hay soluciones que valgan para todos los casos. La reserva eucarística tiene una doble finalidad: la primera y más antigua es la de poder llevar la comunión a los enfermos fuera de la misa. La otra es la de favorecer el culto a la Sagrada Eucaristía fuera de la misa, por medio de la oración y adoración personal.

Si esto es así parece que la opción más adecuada sería una capilla lateral, un lugar pensado para favorecer ese recogimiento, que permitiera a los fieles tener un ámbito de intimidad y de silencio adecuado para poder rezar. Eso sería lo ideal, desde luego. Pero, ¿qué ocurre si no tenemos en la iglesia un lugar apto? Imaginemos, por ejemplo, que el único lugar para poner la reserva es una capilla demasiado pequeña o demasiado aparatada del presbiterio. ¿No merecería entonces la pena poner el sagrario en el altar mayor? Inter Oecumenici habla de “en el centro del altar mayor”, desplazando así a la sede. Es una opción posible.

Colocar el sagrario en el altar mayor, donde se celebra la Eucaristía, supone, por otra parte, un problema: el rito de la misa no da relevancia alguna al sagrario. Se hace genuflexión, es verdad, en la procesión de entrada –antes de comenzar propiamente la celebración- y en la de salida –después de acabar-, pero nunca durante. La genuflexión, como signo de adoración de la presencia eucarística, se hace únicamente por el sacerdote después de la consagración y antes de comulgar, y los fieles se arrodillan durante la consagración y, si lo desean, al comulgar. Pero durante la celebración no se hace genuflexión cuando se pasa delante del sagrario, por ejemplo. Lo cual no significa en modo alguno no tener en cuenta este lugar litúrgico, sino darle, dentro y fuera de la misa, el valor que le corresponde.

Los signos de reverencia se hacen al altar o al obispo, si es quien preside la celebración, en virtud de la plenitud del sacerdocio del orden. Por eso el Ceremonial de Obispos, con mucho sentido común, dice que cuando el obispo celebra la misa no debe estar la reserva eucarística, para que no haya confusiones innecesarias.

Por lo demás, los otros grandes documentos que abordan el tema son la instrucción Eucharisticum Mysterium (1967), el Ritual del Culto Eucarístico (1973) y el Código de Derecho Canónico (1983). No aportan mayor novedad, más allá de pedir que el lugar esté situado "en una parte de la iglesia muy digna, distinguida, visible, bien adornada y apta para la oración", y decir que en principio el sagrario no se ha de situar sobre el altar en el que se celebra la Eucaristía, "por razón de signo". Pero como hemos dicho, cada caso requiere un planteamiento concreto y adaptado, y no siempre es fácil llegar a una solución satisfactoria.

El lugar del sacramento del Bautismo

Los documentos de la reforma litúrgica, al principio, se muestran parcos a la hora de hablar sobre el baptisterio. Ciertamente era más urgente aclarar las cuestiones relativas a los otros focos litúrgicos. Pero eso no quiere decir que el lugar del sacramento del Bautismo haya de ser un lugar improvisado.

El primero de esos documentos es la instrucción Inter Oecumenici, que ya hemos citado en otros artículos. Es el primer documento después del Concilio Vaticano II que dio orientaciones prácticas para poner en marcha la reforma litúrgica que había pedido la asamblea conciliar.

El número 99 de Inter Oecumenici se decida al baptisterio, y dice fundamentalmente dos cosas: la primera de ellas es que es un lugar que ha de mostrar la dignidad del sacramento del Bautismo. Esto es, no basta un rincón improvisado de la iglesia. Es necesario un lugar pensado expresamente para la celebración del Bautismo.

Muchas iglesias antiguas tienen capillas bautismales, colocadas junto a la entrada del templo, como figura de que el sacramento del Bautismo es la entrada en la Iglesia. Esas capillas se mostraban, en muchos casos, poco aptas para una celebración renovada del sacramento, de modo que se optó en muchos casos por poner la pila bautismal en el presbiterio. ¿Es la mejor solución? En muchos casos ciertamente sí. Pero muchas veces las soluciones que se adoptaron –pilas portátiles de dudoso gusto litúrgico, soluciones transitorias que acabaron siendo permanentes en muchos casos- no respondían al principio de “mostrar la dignidad del Bautismo”.

La otra preocupación de Inter Oecumenici era que el lugar fuese apto para las celebraciones comunitarias. En ese sentido es cierto que una pequeña capilla donde está la pila bautismal puede resultar insuficiente para la celebración de bautismos numerosos. Una solución intermedia, que el ritual prevé, es celebrar parte de la celebración en el presbiterio y únicamente el Bautismo en la capilla. Es una posibilidad que hay que contemplar.

Lo ideal sería, por tanto, que en la iglesia hubiese un lugar donde esté ubicada la pila bautismal de forma permanente y que fuese apto para la celebración comunitaria del sacramento. Sería deseable que este lugar se ambientara de acuerdo con su finalidad. Por ejemplo, se podría colocar en él un armario donde estuviesen los Santos Óleos, ubicados así en un lugar digno y a la vista de los fieles, como recuerdo permanente de la importancia de los sacramentos, especialmente los de Iniciación.

Esta solución no puede ser adoptada en todas las iglesias, porque no siempre hay un lugar adecuado. El presbiterio se muestra entonces como una alternativa razonable. Pero entonces tendremos que tener en cuenta que la pila no puede restar importancia a los focos litúrgicos principales, que están en relación con la celebración eucarística. ¿Colocar entonces permanentemente la pila en el presbiterio o utilizar una portátil? La respuesta no es fácil, y dependerá mucho de las posibilidades de la iglesia. Quizás sea adecuado utilizar una pila portátil en ciertas celebraciones y la pila colocada en la capilla bautismal en otras –celebraciones más reducidas-. En ese caso habría que procurar que la pila portátil fuera suficientemente digna, y no recurrir a soluciones del pasado de dudoso gusto, como antes decíamos. En otros casos será más adecuado colocar en el presbiterio la pila de forma permanente, y convendrá hacerlo quizás a un nivel más bajo que el altar, en un lateral.

Las soluciones, como vemos, no siempre son fáciles, pero los criterios expuestos al principio del artículo están claros: dignidad del sacramento y participación de los fieles. ¿Cómo fomentarlas mejor?

Un edificio que nos habla de la Iglesia

De la iglesia como edificio remarcamos dos ideas: La primera de ellas, que el lugar de la celebración ha de ser funcional, válido y apto para la celebración litúrgica. Por eso es un espacio que ha de ser pensando y repensado, y que en cierto sentido puede –y debe- evolucionar y cambiar. Bien sea porque son nuevos espacios o porque son espacios antiguos, que hemos heredado de quienes nos precedieron en la fe, el hecho de que los estemos usando para la celebración supone adaptarlos y mejorarlos. Obviamente, respetando todo lo que desde un plano artístico, o incluso legal en ciertos casos, se puede hacer.

Por eso cuando se construye un edificio litúrgico lo primero que hay que considerar son los lugares litúrgicos, con los criterios adecuados: centralidad del altar, asamblea dispuesta para favorecer la participación de los fieles, ambón con excelentes condiciones de visibilidad y acústica… La iglesia no es un edificio que construimos y que luego adornamos con un altar, un ambón, una sede y unos bancos. Eso es una mala improvisación.

La segunda idea es la que da título a este capítulo: el edificio litúrgico nos "habla". Aquí entraría entonces el discurso sobre el arte y la belleza, al servicio no de lo puramente estético, sino al servicio de la Belleza que es Cristo, que se manifiesta en la celebración. Alguien podría decir que el arte es gratuito y que no está en función de nada, sino que tiene sentido en sí mismo. Es cierto, pero es que el arte cristiano –y mucho más el arte litúrgico- es expresión de la belleza del Misterio creído, celebrado y vivido. Por eso no todo arte puede ser arte litúrgico.

Hablamos mucho de signos y símbolos en la liturgia, por medio de los cuales Cristo se hace presente. Hemos dicho alguna vez que el primer signo con el que nos encontramos es el mismo signo de la asamblea litúrgica. Y es cierto, pero para que haya asamblea litúrgica es necesario un lugar para esa asamblea. Cuidemos ese lugar. Mejorémoslo a nivel funcional y a nivel de su valor simbólico.

Lo que son nuestras iglesias refleja lo que nosotros somos como Iglesia. ¿No da esto un poco que pensar?

Ramón Navarro Gómez
Delegado Episcopal de Liturgia

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