15 de marzo 2017

“He descubierto la inmensa necesidad de anunciar al mundo que Cristo está resucitado”

II miércoles de Cuaresma

Testimonio vocacional de Mauricio Chávez, seminarista del Redemptoris Mater.

Me llamo Mauricio, tengo 25 años, y soy de Paraguay. He nacido por gracia de Dios en una familia cristiana; mis padres se llaman Teodoro y Eleuteria, tengo dos hermanas, María y Guadalupe, y tres sobrinos. Soy seminarista del Seminario Mayor Diocesano y Misionero Redemptoris Mater de esta Diócesis de Cartagena, estoy en el quinto curso de estudios.

Gracias a la Iglesia y a mi familia he recibido, con palabras y hechos concretos, la experiencia del amor y la providencia de Dios, a través del testimonio de mis padres que siempre han puesto a Dios el primero, tanto en las alegrías como en las tristezas que hemos pasado. Todo esto ha sido posible gracias al servicio de evangelización realizado a través del Camino Neocatecumenal, que ha sido el medio que Dios ha utilizado para que pudieran conocerse, tener un noviazgo cristiano, poder casarse y transmitirnos la vida y la fe.

Para mí, la experiencia de la Iglesia ha sido la vivencia de la gratuidad de Dios a través de ver su amor de manera muy concreta, siendo testigo de los milagros que se han ido dando en la vida concreta de unos hermanos que me acompañan en la fe en el seno de mi comunidad parroquial neocatecumenal. Dios hace la obra de que, siendo personas totalmente distintas, nos une el amor de Cristo, y nos permite nacer en el seno de la Iglesia a una vida nueva, marcada por la apertura a la vida en el seno de la familia, el amor a todo lo que la Iglesia nos proporciona: amor a la liturgia, a los sacerdotes, a nuestro Obispo, al Papa, y todo ello de una manera tan profunda que, para mí, es ya algo imprescindible, vital.

Gracias a todo esto, en el año 2008, con retraso –porque tantas veces me lo había planteado–, me decidí seriamente a aceptar mi vocación al sacerdocio… Había “huido” en varios “ensayos” de noviazgos que quedaron en nada, además, me había planteado estudiar ingeniería informática, pues ya la enseñaba en un instituto. Finalmente, Dios me ayudó, y vi que me llamaba a ponerme a disposición de la Iglesia, y que me prometía un modo nuevo de ser feliz, de verdad, no a través de proyectos humanos, sino con la felicidad que supone la donación por medio de Cristo a su Iglesia.

Un momento clave para mí fue el año 2010, cuando fui invitado a una convivencia a Porto San Giorgio (Italia) con los iniciadores del Camino, junto a otros jóvenes de todo el mundo, que estaban igualmente dispuestos a evangelizar en cualquier parte del mundo y, por lo tanto, a ingresar en cualquiera de los seminarios misioneros Redemptoris Mater de los cinco continentes. Con una alegría indescriptible, en esos días fuimos formando o completando cada uno de los más de ochenta seminarios de este tipo que entonces había –hoy superan los 100–. Fue para mí una sorpresa y una gracia venirme a Murcia, a esta Diócesis de Cartagena: sorpresa, porque antes no sabía ni dónde quedaba (sólo sabía que era España), y una gracia por todo lo que Dios y esta Iglesia local me han ido ofreciendo aquí.

Por su puesto que al principio es difícil dejar tu tierra –Paraguay– y venir a España, pero me ha sido muy fácil amar esta tierra, por su gente, por su acogida y sobre todo por la fe que he podido ver aquí. También ha sido un modo de ver cumplido el Evangelio: “Todo el que deje casa, padre, madre, hermanos (…) recibirá cien veces más en casas, padres, madres, hermanos (…)”.

Gracias a que nuestro seminario tiene el carisma de ser misionero, de ir a anunciar el Evangelio al mundo entero, he estado dos años de misión en Brasil, experimentando la Providencia tanto en lo material como en lo espiritual. He compartido este tiempo de misión con una familia con cinco hijos, a quienes el Señor les ha concedido la gracia de evangelizar, dejando todas sus comodidades y entregándole su vida completamente. También he descubierto la inmensa necesidad de anunciar al mundo que Cristo está resucitado, y que salva, que cura realmente, como he visto en personas ateas, agnósticas, algunas carentes de un mínimo de dignidad humana, no sólo por las carencias materiales tan evidentes en Brasil, sino por la falta de la presencia de Cristo en sus vidas.

En fin, mi experiencia en estos siete años que llevo en el seminario es que Dios me ha acompañado y me ha dado gracia tras gracia: todos los días, me he podido alimentar de su Palabra y de los Sacramentos, y la Iglesia me ha tratado con discernimiento, con mucha paciencia y misericordia. También una inmensa riqueza la convivencia en el seminario, con seminaristas de distintos países del mundo, integrados ahora en esta Iglesia de Cartagena, y vivir así la comunión, compartiendo la misma llamada a ser sacerdotes humildes, santos y misioneros. Espero que el Señor me ayude a ello. Rezad por mí.

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